El recuerdo de los fracasos y la posibilidad de recuperar la esperanza son los ejes de esta reflexión. El autor aborda el papel de los vínculos personales y de la fe cristiana ante las dificultades.

Por P. Fernando Pascual

Hay momentos en los que recordamos fracasos que nos hirieron a lo largo del camino. Cuando un padre dijo que éramos un fracaso, cuando un despido cerró un futuro profesional que nos había llenado de esperanza, cuando una incomprensión acabó con una hermosa amistad, cuando un accidente nos bajó de nuestros sueños y nos hizo experimentar lo frágil que es todo.

A veces se acumulan recuerdos que nos hacen sentir inútiles, o atolondrados, o incoherentes, o ineficaces, o frustrados, como una lluvia pesimista que nos paraliza poco a poco.

Entonces el corazón siente una pena profunda y se pregunta qué sentido tiene nuestra vida, para qué hemos estado en el camino, quién nos quiere de verdad, hacia dónde puede ir una existencia que parece opaca y estéril.

Nos cuesta tocar el propio fracaso, reconocer que esa derrota, que tantas veces hemos temido, se asomó con una fuerza que puede apagar ilusiones y llevar a la desesperanza.

De repente, aparece en el horizonte algún rostro, alguna palabra, algún recuerdo, que nos hacen reconocer que no todo era negro, que hubo momentos bellos, que cerca de nosotros encontramos a quienes nos amaron o a quienes pudimos amar.

Sobre todo, podemos reconocer la presencia misteriosa y constante, aunque discreta y oculta, de un Dios Padre que nos lleva siempre en su corazón y que nos invita, hoy como cada día, a romper con nuestras frustraciones y a lanzar nuevamente las redes fuera de nosotros.

Entonces dejaremos a un lado todo fracaso, y nos abriremos a la esperanza de un triunfo que solo llegará si nos abrimos a la bendición de Dios y si nos entregamos desinteresadamente al servicio de nuestros hermanos.

 
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