(Cómo encontró el señor Guizar su diócesis al llegar a Veracruz)

Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

San Rafael Guízar Valencia fue nombrado obispo de Veracruz cuando se encontraba de misión en Cuba; allí recibió la ordenación episcopal y llegó al Puerto en enero de 1920. Su diócesis ocupaba entonces casi todo el Estado de Veracruz, lo que hoy son ocho diócesis.

Recién terminada la revolución, se inició la persecución sin decir agua va. Dice nuestro cronista Monseñor Ignacio Lehonor: “Los revolucionarios, en Veracruz especialmente los carrancistas profanaban las iglesias, se robaban los vasos sagrados, cogían los ornamentos sacerdotales para sudaderas de los caballos, los manteles y las albas para vestidos de las soldaderas”.

En realidad, esto era común en todo México: Jean Meyer pone en boca del pintor Orozco la siguiente confesión: “Yo pintaba carteles y dibujaba caricaturas rabiosamente anticlericales… somos nosotros quienes nos llevamos los ornamentos sacros y salimos todos cubiertos de rosarios, de medallas, de escapularios… se fusilaba en la plaza a los desdichados peones zapatistas que caían en las manos de los carrancistas” (La Revolución…, pg. 116). Como vemos, esto venía desde tiempos de Obregón.

Continúa nuestro cronista: “Llegó a Xalapa, la capital del Estado, el Gral. Cándido Aguilar para tomar la ciudad en nombre de la revolución. Al día siguiente mandó llamar a todos los sacerdotes de la ciudad. Estos pensaban que les iba a dar las gracias por la ayuda que habían procurado a la recepción de las fuerzas carrancistas. El General al llegar les dijo rotundamente: Tienen doce horas para abandonar la ciudad” (Testigo fiel, pg. 7).

En Fortín de las Flores, residencia posterior del General, sucedió que el Sr. Cura, cuando estaba construyendo el templo, recibió esta advertencia: Si es de madera, se lo quemo; si es de material, se lo destruyo. El Sr. Cura no cedió. La bravata terminó en amigable desenlace, pues el General pidió el bautizo de su nieta y el Sr. Cura se lo celebró en el templo en construcción. El General terminó mandando hacer las puertas del templo (Cf. Recuerdos… pg. 15).

Por el Puerto veracruzano llegó a México todo lo bueno y lo malo del país, se suele decir. Es verdad que “era un orgullo, particularmente entre los intelectuales profesar el liberalismo trasnochado. Se recordaba con satisfacción que el presidente Juárez había proclamado las Leyes de Reforma desde el Puerto de Veracruz en el año 1857… Con motivo de la revolución, y sobre todo con la persecución de Calles, casi todos los sacerdotes extranjeros fueron expulsados”. “Este es el campo donde el Gran Apóstol enviado por Dios a estas regiones tan necesitadas tenía que desarrollar su tarea episcopal” (Testigo fiel, pg. 10).

El Señor Guízar era buscado con denuedo, el padre Benjamín, su sobrino, torturado y su familia amenazada. Protestó, y la respuesta fue la acostumbrada: encierro, entierro o destierro. Escogió lo último y se fue a misionar a Laredo, San Antonio, Cuba, Colombia y Guatemala, sin dejar por eso de gobernar su diócesis. Para él todo era tierra de Dios.

Dejó la patria, pero no a sus diocesanos. Lo hizo por escrito, casi siempre por carta. El Padre Justino de la Mora fue su fiel administrador y quien escribió su primera biografía. Monseñor Ignacio Lehonor lo asistió en sus misiones y nos dejó su testimonio y sus recuerdos; y, el Padre Celestino Barradas, historiador de profesión, recogió en un volumen toda su correspondencia al que tituló “Semblanza, y Mirada al interior de un Santo”. El Papa Benedicto XVI lo inscribió en el Catálogo de los Santos” (15-X-2006). Yo puedo decir, haberlo escuchado repetir por tres veces cuando tuve la oportunidad de agradecérselo: ¡Es un gran Santo, un gran Santo, un gran Santo! Este es también testimonio de Dios.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 4 de octubre de 2026 No. 1630