En este artículo, Fernando Pascual analiza cómo la informática y la inteligencia artificial están transformando la vida humana y plantea los dilemas éticos que acompañan a estos avances.
Por P. Fernando Pascual
Un discípulo y divulgador de las ideas de Marshall McLuhan formuló una frase famosa que sintetiza en parte a su maestro: “Nosotros damos forma a nuestras herramientas y luego ellas nos dan forma a nosotros” (John M. Culkin).
La frase se puede aplicar al trabajo en el campo, a la industria del acero, a la imprenta, a la televisión. De modo especial, se aplica a la revolución informática, al desarrollo de Internet, y a las inmensas potencialidades de la inteligencia artificial.
Basta con pensar cómo para muchísimos seres humanos resultaría casi imposible vivir hoy sin televisor, sin nevera, sin teléfono móvil, sin coche, y otros aparatos que ya son parte de nuestras vidas.
Si se exagera la frase, se podría pensar que la tecnología puede no solo “darnos forma”, sino incluso recrearnos, hasta el punto de que llegaría a aparecer en un futuro una nueva especie.
En cierto sentido, algunos defensores del así llamado transhumanismo creen que somos capaces de tomar en nuestras manos el proceso evolutivo, hasta ahora llevado a cabo por fuerzas naturales no controlables, y así mejorar a la especie humana, o incluso hacer que surja una especie nueva.
Esas ideas no son novedosas, pues el sueño de crear algo que no existía con productos químicos, pócimas, operaciones, y otros trucos, ha aparecido en diversos momentos de la literatura del pasado.
Lo novedoso en nuestros días es el enorme potencial que la tecnología ha adquirido, y que lleva a imaginar escenarios sorprendentes, algunos ya plasmados en películas de ciencia ficción.
Ante estas novedades surgen numerosas preguntas: ¿es posible modificar a los humanos en su esencia? Esa modificación, ¿según qué criterios sería realizada, si fuera posible? ¿Qué se buscaría? ¿Sería legítimo cualquier resultado según los intereses de quienes se lancen a esta aventura tecnológica?
Respuestas a algunas de esas preguntas se encuentran en la encíclica Magnifica humanitas, que se construye desde la fe cristiana y con la mirada en aspectos de nuestra humanidad que no podemos “cambiar” sin destruirnos.
El mundo tecnológico pone ante nosotros retos enormes. No sería prudente dejarnos llevar simplemente por lo nuevo, sin reflexionar antes sobre lo que una invención técnica pueda significar para nuestra condición humana.
Por eso, no podemos permitir que la informática nos cambie hacia una utopía de mejora que luego se convierta, como ha ocurrido ya en utopías políticas cercanas a nosotros, en un infierno que nos deshumanice.
Solo la informática y los desarrollos de la inteligencia artificial serán humanizantes si nos ayudan a vivir abiertos a Dios, que nos ha creado por amor y para amar, y si nos unen a todos los seres humanos que comparten la misma condición de hijos amados por Dios y destinados a la vida eterna.
Imagen de Tung Nguyen en Pixabay

