¿Cómo distinguir una inspiración auténtica de una voz que confunde? Este texto reúne claves de la tradición espiritual cristiana para reconocer la consolación y la desolación, resistir la tentación y tomar decisiones con mayor claridad interior.
Por Lucrecia Roper
Con la ayuda de Dios podemos discernir entre el buen espíritu y el malo. Hay que comprender lo que viene de Dios para aceptarlo y hay que comprender lo que el enemigo sugiere, para rechazarlo.
¿Cuál es la fuente de mis pensamientos? Hay varias reglas básicas para discernir: a) ser consciente de cómo estoy, de si mis pensamientos son verdaderos o falsos b) comprender cómo debo interpretarlos; c) acción.
Hay personas que pecan ordinariamente, el mal espíritu los alienta a seguir en esa línea porque hay placer, no siguen a Dios. El enemigo busca impedir que el alma avance en el bien. Si tratamos de seguir a Dios, ante el pecado nos sentiremos mal, tendremos remordimiento. Entendemos que hay que limpiar el alma y, muchas veces, Dios da consuelo.
El buen espíritu da valentía, fuerza y consolación. Nos mueve a la abnegación, a mirar más allá del yo, a aumentar la fe y al propio control.
El mal espíritu mueve a seguir al mundo, a la carne y al demonio. Provoca una especie de falta de fe, de esperanza y de amor. Hay celos, discordia, sospecha, desesperanza, somos arrastrados hacia abajo.
La consolación implica un aumento de fe y de alegría, de sosiego y de agradecimiento al Señor. Puede haber consolación intensa o sutil, el buen espíritu guía. Los pensamientos son optimistas y guiados por la fe y por el encuentro a través de la Escritura. Puedo pensar en el nacimiento de Cristo y contemplar esa escena con ternura. En la consolación hay luz para tomar resoluciones.
La desolación es turbación del alma, el alma es perezosa, tibia, triste y separada de su Señor. Los pensamientos son egoístas, negativos, sospechosos. En tiempo de desolación no hay que hacer cambios, el mal espíritu nos guía y aconseja. El enemigo hace que el alma se arrepienta de seguir a Jesús. Cuando estamos desolados y no somos conscientes de ello, nos alejamos de Dios. Experimentamos miedo. Dios no guía en el miedo, el diablo, sí. Hay niebla y confusión alrededor, por eso no hay que correr. No hay que tomar decisiones si estamos en un estado de desolación. Si pierdo la paz hay que pensar a qué se debió esa pérdida. A lo mejor entró por una mentira, llevo eso a la oración y encuentro de dónde vino la desolación. Hay que actuar y resistir a la desolación.
En la desolación Dios nos deja y permanecen las facultades humanas, pero no falta la gracia; hay diversos niveles de desolación, sin embargo, siempre está presente Dios, está cercano. En los momentos difíciles puede parecer que Dios está lejano, pero no es así. Aunque no lo pueda ver, Dios está cerca y obra. Dios abre caminos y nos puede sacar de la desolación. Dios está allí. Hay que perseverar en la paciencia y esperar en Dios. La autosuficiencia es una manera de rendirse al enemigo. Mientras debemos saber que Dios lucha por nosotros y, a nosotros nos toca confiar, hablar con Él y usar la capacidad de soportar los momentos difíciles. Si cedemos a la impaciencia empezaremos a tomar decisiones en la desolación y allí es donde el enemigo usa medios para engañarnos. “La paciencia todo lo alcanza”, afirma Teresa de Ávila.
Si somos negligentes en la piedad podemos entrar en la tibieza y perder la consolación, y lo mismo cuando nos volvemos mundanos. Otras veces Dios quita los consuelos humanos para que crezcamos en amar a Dios con desinterés. El propósito de Dios es engrandecer el alma, dice San Juan de la Cruz. Jesús nos pide amar a amigos y enemigos. Debemos estar despojados de los consuelos para crecer en el amor, quiere que maduremos. Todo es don y gracia del Señor. Dios quiere que nos elevemos en el Espíritu. La desolación puede llevarnos a un conocimiento más profundo de sí mismo y de Dios. ¡Somos tan débiles! Y, en la desolación podemos comprender más la grandeza del Señor. Todo viene de él, la desolación hace que nos despojemos del orgullo espiritual que nos haría pensar que todo gira en torno a nosotros. ¡Tiene tal poder purificador que nos ayuda a construir sobre el amor de Dios! No necesitamos resentirnos porque Dios permite el desconsuelo.
Cuando una persona goza de los consuelos divinos ve las hazañas de Dios en la propia vida. Lo normal es que haya desolación casi siempre, es difícil pero no traumático. Podemos orar en tiempo de sequía.
Dios nos da consuelos y yo me abro a la gracia, pero puede venir un alejamiento de la relación con el Señor. Debemos de recordar quienes somos, lo pobre y débil que somos. Humíllate y alaba a Dios. El Señor siempre quiere proveernos, animarnos, pero no hay que dejar de mirar al Padre, pues quien se apoya en sí mismo, cae. Nuestra fuerza está en el Señor.
El enemigo queda enclenque cuando el hombre es decidido y valiente; no debemos tener miedo porque entonces el enemigo se crece. El acto crucial es resistir a la tentación, resistir a juzgar, decir que no a la lujuria de inmediato, sino la tentación se hace más fuerte. Quien “juega con la tentación” le sucede a quien duda, se trata de huir, de cortar, de no dialogar con la tentación.
El enemigo tienta en secreto y quiere que eso sea mantenido en secreto, que el sujeto no hable, que no sea sincero. Tener amigos buenos ayuda a vencer las tentaciones o incluso que disminuyan. El enemigo quiere que las tentaciones se queden en lo secreto, pero Dios nos hizo personas de relación, que comparten sus seducciones con quienes le pueden ayudar. Cuando traemos las cosas a la luz, el enemigo pierde poder.
Imagen de (El Caminante) en Pixabay

