Por José Luis Oliva Posada
En misa, desde la pandemia, solemos saludarnos juntando las manos y haciendo una pequeña reverencia. Fue una medida prudente y comprensible. Pero hoy ocurre algo curioso: cuando alguien extiende la mano, muchas veces se queda con ella extendida.
Estamos cada vez más conectados y, al mismo tiempo, desconfiamos más. Incluso de quienes tenemos cerca. Incluso de quienes comparten nuestra fe. La pantalla nos acostumbró a relacionarnos sin exponernos demasiado. Podemos responder después, borrar, corregir, bloquear o simplemente desaparecer. Frente a otra persona eso no es posible. Hay una mirada, un gesto, un silencio, una reacción inesperada. El encuentro verdadero exige aceptar cierta vulnerabilidad.
Si las redes sociales consiguieron buena parte de nuestra atención, la inteligencia artificial comienza a entrar en un territorio mucho más íntimo: nuestra necesidad de compañía. Conversamos con máquinas que nos escuchan siempre, responden amablemente, no se cansan, no discuten y pueden llegar a desempeñar el papel de confidentes, consejeros o compañeros.
La tecnología no es el enemigo
De hecho, puede ayudarnos extraordinariamente. El riesgo aparece cuando una relación perfectamente controlable comienza a resultarnos más cómoda que convivir con personas reales: contradictorias, imperfectas y, precisamente por eso, humanas. La confianza necesita contacto con esa imperfección.
Dar la mano, mirar a los ojos, escuchar sin revisar el teléfono, compartir la mesa, visitar a alguien o conversar después de misa parecen actos insignificantes. No lo son. Son pequeños rituales mediante los cuales una comunidad se reconoce y aprende a confiar. Podemos tener cientos de contactos y sentirnos solos. Saber lo que sucede a miles de kilómetros y desconocer el nombre de quien se sienta junto a nosotros cada domingo.
Para un cristiano la pregunta resulta todavía más incómoda: ¿podemos decir que confiamos profundamente en Dios mientras hacemos de la desconfianza hacia los demás nuestra manera habitual de vivir? ¿Por qué si alguien se sale del patrón mininamente desconfiamos de él como si fuera una amenaza?
El cristianismo no propone ingenuidad
La prudencia y los límites son necesarios. Pero prudencia no significa sospechar permanentemente del prójimo. Jesús construyó comunidad encontrándose con personas. Las miraba, las escuchaba, caminaba con ellas, compartía la mesa, las tocaba. El cristianismo nació presencial, comunitario y profundamente humano.
Tal vez recuperar la confianza empiece por algo mucho más sencillo que cualquier gran discurso: levantar la mirada, escuchar, acercarnos al que está solo y volver a aceptar el pequeño riesgo que significa encontrarnos de verdad.
Y cuando alguien nos extienda la mano, quizá simplemente extender la nuestra. Porque confiar en el otro también es una forma de confiar en Dios.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 18 de octubre de 2026 No. 1632
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

