En una época marcada por la multiplicación de credos y el creciente énfasis en la autonomía individual, el rechazo a un Dios personal plantea preguntas de fondo sobre la libertad, la responsabilidad moral y el sentido de la vida. Este artículo examina las raíces humanas y culturales de esa distancia y sostiene que excluir a Dios puede significar, en último término, apartarse de la propia plenitud.

Por Martha Morales

Hoy hay una sobreoferta de religiones. Lo que se rechaza es al Dios personal. Se podría tener una relación personal con Dios, pero se le resiste. Se ignora a un Dios que me habla, que me conoce, y que al final de la vida me va a juzgar.

El ateísmo es fruto de una decisión existencial. ¿Qué explica una postura de rechazo a Dios? Su raíz está en el mismo hombre. Cuando el hombre examina su corazón comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males que no pueden tener origen en su Creador. Los factores intelectuales, volitivos y culturales son de gran importancia.

Hoy día se exalta la libertad del individuo y no se pregunta el “para qué” de ella. La persona ha sido creada por Dios a su imagen y semejanza, como ser abierto a la comunión con Él mismo y con los hombres. La libertad es un poder para acoger el don del otro y para donarse. El sentido de la libertad es elegir a Dios, es decir, el de amarle cumpliendo su Voluntad.

El hombre puede decidir no dejarle espacio a Dios, o bien, encontrar en Dios su plenitud humana. Las raíces de la increencia se encuentran en el conocimiento, en la libertad y en la pregunta humana por el sentido de la vida.

Existe una tentación de la libertad: La autonomía moral convierte al hombre en creador de los valores, no supeditado a una verdad y a un bien objetivo, sino que el yo decide lo que está bien y lo que está mal.

El ataque actual va contra la divinidad de Jesucristo. Lo ven sólo como Hombre. Dice Jesús: “La verdad os hará libres” (Juan 8,32). ¿Qué verdad? La verdad de que somos objeto de la predilección de la Santísima Trinidad. “La libertad –según C. Fabro- nos es dada para que el hombre se forme a sí mismo, se plasme a sí mismo”. P. Olivier dice que “el que no descubre a Dios en el corazón de su libertad, se ignora a sí mismo”.

El hombre está naturalmente inclinado al bien, pero no basta que algo le resulte apetecible para que sea bueno. Adán y Eva no se equivocaron acerca de un bien terreno (la fruta era buena) sino que pusieron su propia voluntad por encima de la de Dios, quisieron “ser como Dios” (Gn 3,5).

La posibilidad de desviarnos desvela un aspecto asombroso del amor de Dios: su confianza en cada hombre ya que es propio del amor confiar en la persona amada. El mayor de todos los vicios es el orgullo, que lleva al hombre a querer usar de su potestad para la ruina, y tiene el nombre de desobediencia.

Karl Adam dice que “jamás, en ningún lugar de la tierra, ha acaecido algo tan íntimamente libre, con tan completa voluntad y obra propia como la obra de Jesús en el Gólgota”.

Benedicto XVI escribe: “el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanzas” (Enc. Spe salvi, 23). La que mejor ha vivido la relación con Dios es Santa María.

 
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