El Padre Prisciliano Hernández reflexiona sobre los límites del poder del Estado y la dignidad humana a partir del pasaje evangélico «al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Han corrido ríos de tinta y vociferado sin cesar, este pasaje de ‘dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. Pontifican una interpretación abusiva de los que ignoran el sentido de las palabras de Jesús y de las Escrituras Santas, dándole al César-Estado, el poder omnímodo y reduciendo al ámbito privado el derecho a la libertad religiosa y los derechos humanos objetivos, como el derecho a la vida y sus implicaciones. Solo el Estado y sus representantes son absolutos, sus leyes, mandatos y caprichos; los demás están sometidos a su voluntad sin rechistar. Y encima, son extremadamente benevolentes para permitir al ámbito privado ciertas prácticas privadas mínimas y entre ellas, las religiosas, porque Dios y sus leyes, limitan su injerencia y poder.

Por supuesto, el César-Estado, tiene su ámbito limitado a su quehacer económico y material, para proteger todos los derechos humanos: derecho a la vida, derecho a la salud, derecho al saber lejos de mediaciones de la ideología esclavizante y controladora, derecho a una familia estable fundamento nuclear de la sociedad, derecho a una sociedad donde reine la paz y la justicia más allá de las supuestas soberanías reductivas de fracción política.

Derechos de la persona humana que deben de ser respetados, so pena de pisotear la imagen de Dios que es la humanidad en todas las personas individuales y grupales.

Valdría la pena releer las lecciones de Francisco de Vitoria (1483-1546), fraile dominico el Creador y Padre del Derecho Internacional Moderno, -Ius Gentium, ‘relecciones’, que se fundamentan en la ontología de la persona, según las líneas aristotélicas y tomistas; se ocupó incluso de los derechos de los indígenas de América y de México, a través de sus discípulos que llegarían a ser obispos de su orden.

Ningún ser humano puede ser sometido al César-Estado, por más que el Estado por la supuesta soberanía del pueblo, ostente el poder y la imagen implícita de Dios, como Tiberio cuya moneda tenía esta inscripción ‘Tiberius Caesar, Divi Augusti Filius Augustus’, es decir, Tiberio César, hijo augusto del divino augusto.

Jesús, y todo discípulo de él, debemos cuestionar de fondo esas pretensiones imperiales cuasi divinas, con paz, serenidad, prudencia, pero con un fino discernimiento: ‘a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César’.

Hemos de cumplir con los derechos y responsabilidades cívicas y políticas y cumplir, por supuesto, con nuestros derechos y responsabilidades propias de las personas humanas, que pertenecen a Dios.

Nunca equiparemos al César- Estado, con Dios, aunque el César-Estado lo pretenda y se lo adjudique por todos los medios.

Nuestra vida plenamente humana, ha de aspirar a nuestra vida en plenitud en la gloria del Cielo, en donde el amor de Dios se desborde ‘ad infinitum’, cuya soberanía divina se expresa en ser don de amor en cada una de las personas divinas, como nuestra soberanía humana, deberíamos ejercerla, en ser persona-don para los demás