Del Juramento de Hipócrates a la Declaración de Ginebra, la ética médica ha buscado reafirmar un compromiso esencial: proteger la vida, la dignidad y la salud de cada paciente, incluso frente a las crisis más profundas de la historia.

Por P. Fernando Pascual

En el mundo antiguo se elaboró un juramento que muchos médicos pronunciaron. Es conocido como el Juramento de Hipócrates, y ha sido estudiado y actualizado de diversas maneras.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, en la que no solo hubo crueldades y sufrimientos propios de tantas guerras, sino acciones de personal médico que iban contra el respeto de los enfermos y de los prisioneros, la Asociación Médica Mundial propuso una actualización del Juramento de Hipócrates.

Esa actualización no tiene un nombre preciso ni oficial. Algunos lo llaman Promesa, otros Declaración de Ginebra, o simplemente Código internacional de ética médica. Fue aprobada en Ginebra en 1948, y a lo largo de las décadas ha sido modificada o actualizada en diversas partes.

¿Cómo era el texto aprobado en 1948? Dice así en alguna de sus traducciones:

“Prometo solemnemente consagrar mi vida al servicio de la humanidad;
Otorgar a mis maestros el respeto y la gratitud que merecen;
Ejercer mi profesión dignamente y a conciencia;
Velar solícitamente, y ante todo, por la salud de mi paciente;
Guardar y respetar el secreto profesional;
Mantener incólume, por todos los medios a mi alcance, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica;
Considerar como hermanos a mis colegas;
Hacer caso omiso de credos políticos y religiosos, nacionalidades, razas, rangos sociales y económicos, evitando que se interpongan entre mis servicios profesionales y mi paciente;
Velar con sumo interés y respeto por la vida humana, desde el momento de la concepción; y no utilizar -ni siquiera bajo amenaza- mis conocimientos médicos para contravenir las leyes humanas.
Solemne y espontáneamente, bajo mi palabra de honor, prometo cumplir lo antedicho”.

El texto sorprende por su firme defensa de la vida humana, sin discriminaciones y en todas sus etapas, “desde el momento de la concepción”. Por desgracia, ese breve inciso se perdió en las últimas actualizaciones, lo cual dejaba la puerta abierta a ese gesto terrible del aborto que va directamente contra vidas humanas en sus primeras fases de desarrollo.

Además, el texto está redactado como promesas, lo cual implica que los médicos (y se puede hablar de enfermeros y de otros agentes sanitarios) se comprometen en una de las tareas más importantes entre las profesiones humanas: la atención de los enfermos.

Han pasado muchos años desde la Declaración de Ginebra. A través de ella recordamos esa promesa que tantos médicos han formulado y que sirve como ayuda y refuerzo a asumir una profesión de la que todos los seres humanos, tarde o temprano, esperamos auxilio y alivio en la búsqueda de la salud y de la sanación.

 
Imagen de Tung Nguyen en Pixabay