La primera crisis del matrimonio llega meses después de la boda. Pronto pasan los esposos de la luna de miel a la luna de hiel y de la marcha nupcial a la marcha crucial.
Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
El estudiante preguntó al librero: ¿No tiene usted libros más recientes de anatomía? Estos tienen más de diez años. Y el librero: Que yo sepa, joven, en los últimos diez años no se le ha añadido al cuerpo humano ni un solo hueso.
Aunque tampoco sé qué ha añadido nada a la naturaleza humana en los últimos diez mil años, he aquí que el matrimonio, que el amor en el matrimonio va cambiando conforme transcurre la vida de los casados. Y mucho más ahora en un mundo perforado de hedonismo renuente al compromiso. ¿Amor de por vida? Los simulacros de matrimonio están a la orden del día: vivimos juntos, pero somos novios; nuestro matrimonio es a prueba; no somos esposos sino compañeros; hacemos vida marital siguiendo cada cual en su casa y en sus cosas; nuestra unión es de fin de semana, de vacaciones de verano, de lo que dure un crucero por el Caribe.
La primera crisis del matrimonio llega meses después de la boda. Pronto pasan los esposos de la luna de miel a la luna de hiel y de la marcha nupcial a la marcha crucial. Durante el noviazgo y principios del matrimonio, él y ella vivían en una cápsula espacial llena de sueños y de ensueños, anestesiados por un amor tan sensible como irreal. Pero después del vuelo, llega el aterrizaje. Los esposos se miran como son realidad, no como creían ser; entonces surgen los primeros choques, la lucha por los necesarios ajustes para ensamblar el uno con el otro.
La segunda crisis coincide con el nacimiento del primer hijo. Después de recibirlo con besos y bombones, después de vivir la experiencia casi inefable de saberse padres, los esposos se hallan de pronto con que aquel bebé mofletudo de cuatro kilos, vino a desorganizarles su vida, horarios, comidas, sueño, relaciones humanas.
Como la esposa se dedica de tiempo completo al cuidado del pequeño, el marido se mira relegado a segundo plano, quizá con unos celos inconfesados, que lo llevan a forcejear con la esposa que ya no le consagra el tiempo y mimos de antaño. Irrumpe el demonio del mediodía, cuando los esposos han alcanzado una juventud adulta o una adultez juvenil. ¿treinta y cinco, cuarenta años? Él vive afanado en el trabajo, vive para hacer dinero a marchas forzadas y lograr un nombre y un prestigio; el negocio está antes que su esposa.
La cual, deseosa igualmente de elevar el nivel económico y social del hogar, no duda en trabajar fuera de casa. Así es como los esposos corren el peligro de llevar cada cual su vida, atrapados por compromisos laborales y sociales que los vuelven insolidarios e independientes. La vida del hogar deja de ser el centro convergente de su atención. ¿El resultado?
El amor se puso un par de alas y se marchó. El verdadero progreso del matrimonio no es el progreso de la economía ni el progreso en la adquisición de mayor número de cacharros y muebles en la casa, sino el progreso del corazón, el progreso de la felicidad.
Artículo publicado en El Sol de México, 4 de octubre de 1993; El Sol de San Luis, 23 de octubre de 1993.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 18 de octubre de 2026 No. 1632

