El Padre Fernando Pascual reflexiona sobre el significado de los milagros de Jesús y la esperanza que ofrecen ante el dolor humano.
Por P. Fernando Pascual
En cada milagro Jesús manifiesta su poder. Deja un mensaje para su tiempo y para todos los tiempos. Abre un horizonte de esperanza.
Al mismo tiempo, el milagro es un gesto concreto y personal, dirigido a alguien necesitado que es amado de modo único por el Señor.
El leproso, el paralítico, el ciego, el mudo, el sordo, reciben un acto de amor que les libra de su enfermedad y les permite volver plenamente a la vida ordinaria.
A veces nos preguntamos por qué no se repiten hoy milagros como los que Cristo hizo a lo largo de su vida.
No resulta fácil responder. Quisiéramos que un familiar superase el cáncer, un niño naciera sano, un amigo recuperase sus fuerzas físicas, un conocido dejase a un lado la depresión.
Dios acepta la historia humana de modos que no acabamos de comprender, sobre todo cuando presenciamos el sufrimiento de un niño o de cualquier persona que llevamos muy dentro del corazón.
En cierto sentido, Jesús, el que curó a tantos, incluso el que resucitó a muertos, también aceptó ese misterio del dolor y acogió en la Cruz todo sufrimiento humano.
Solo junto a ese Cristo que sufre y que se sacrifica podemos encontrar fuerza ante el dolor nuestro, si somos los enfermos, o el dolor de quienes tenemos a nuestro lado.
Llegará la Pascua. Entonces comprenderemos que el milagro más grande también nos alcanza, porque ni el dolor ni la muerte son la última palabra.
Cristo vive, y en su vida estamos todos curados. Desde su triunfo, el mundo eterno está abierto. Allí nos espera con un amor infinito que consolará lágrimas y que dará brillo a todo lo hermoso y bueno de la existencia humana.
Imagen de Annick Vanblaere en Pixabay

