En este artículo, Fernando Pascual analiza por qué los desacuerdos pueden despertar temor y plantea cómo afrontarlos mediante el diálogo, el respeto mutuo y la búsqueda del bien común.
Por P. Fernando Pascual
No siempre estamos de acuerdo. Uno abre la ventana y el otro la cierra. Uno prefiere comprar en esta tienda y otro en la tienda de la acera de enfrente. Uno propone un paseo a la montaña y otro defiende que es mejor ir a la playa.
En familia o en diversos grupos aparecen desacuerdos. Al tener diferentes gustos y al ver las cosas según criterios personales, resulta difícil llegar a un acuerdo, sobre todo si la decisión tiene que ser compartida.
Si se trata de asuntos de poca relevancia (la ventana abierta o cerrada), el conflicto puede soportarse con cierta facilidad. Si se trata de asuntos de envergadura (hacer una compra de coche o pedir un préstamo para arreglar el techo), el conflicto aumenta de intensidad.
Hay quienes tienen miedo al conflicto: no resulta fácil confrontarse con otro, porque ciertas personas no dialogan, o son autoritarias, o humillan a quien piensa de modo diferente.
Además, empezar una discusión abre el horizonte a ese resultado que no gusta: uno vence y otro pierde, o incluso los dos pierden al llegar a un acuerdo que no satisface a nadie.
Alguno, por miedo al conflicto, prefiere guardar silencio. Piensa que no tiene sentido empezar una batalla que al final provocará daños emocionales y pocos resultados satisfactorios.
Sobre todo, alguno prefiere rendirse antes de la batalla. Decide callarse y ceder, en vez de ser derrotado tras el cansancio de un conflicto que deja heridas.
Existen libros sobre este tipo de situaciones: sobre “conversaciones cruciales” (es el título de una famosa obra), o sobre cómo presentar el propio punto de vista de modo convincente, o sobre maneras para evitar conflictos.
Nos damos cuenta, sin embargo, que solo se puede llevar bien una situación difícil si las dos partes buscan el bien de todos, si se respetan mutuamente, si saben escucharse y compartir serenamente sus puntos de vista.
Pero cuando falta en una parte (o en las dos) la actitud interna que ayuda al diálogo, ¿cómo afrontar el conflicto? Uno siente una fuerte presión para ceder “por el bien de la paz”, para no entrar en una lucha que generará más dolor y rabia.
De nuevo, el otro empieza a actuar de modo prepotente. Sin diálogo, sin pensar en los demás, impone su preferencia. Sentimos pena al ver poca sensibilidad, poca apertura, poco deseo de diálogo. Tal vez surge el deseo de responder con dureza, porque uno no tiene que aguantarse siempre.
Quizá sea el momento para rezar un poco y pedir ayuda a Dios, de forma que busquemos, serenamente, lo justo y lo bueno, y sepamos defenderlo desde el respeto mutuo.
Lograremos así paz interior, que nos ayudará a no buscar la victoria a cualquier precio, y que hará posible abrirnos al otro para alcanzar, juntos, una decisión que promueva la convivencia y que nos acerque a aquello que resulte mejor para todos.
Imagen de Никита Лазоренко en Pixabay

