El amor a Dios y la compasión por quienes sufren son inseparables, plantea el Padre Prisciliano, en esta reflexión sobre el mandamiento del amor. A partir del Evangelio, el autor destaca la dignidad de la persona y llama a acompañar a quienes atraviesan situaciones de necesidad.
Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Cuando no se busca gozar el ‘esplendor de la verdad’, se puede caer en las jaulas juridicistas, moralistas o racionalistas.
Jesús, la Verdad a proclamar, la Vida a vivir, el Camino a seguir, nos asegura en la libertad en su sentido pleno, cuando identificamos la verdad esencial como amor.
Después de que los saduceos materialistas y dineristas, recibieron la respuesta de Jesús de ‘dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’ (Mt 22, 15-21), reafirmando que la persona pertenece a Dios, porque es su imagen, los fariseos supuestamente expertos en la ley, se sienten capaces de poner a prueba a Jesús: ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley? Jesús le respondió con el Shemá Israel, que debían recitar por la mañana y por la tarde: ‘Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el principal de los mandamientos’. Entre 613 preceptos y prohibiciones, es fácil la confusión leguleya. Por eso era una prueba-trampa. Pero Jesús añade, lo no pedido: ‘Y el segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo’, -como lo señalaba el Levítico (19, 18). Continúa Jesús: ‘En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas’(cf. Mt 22, 34-40).
Quizá para valorar la profundidad de esta respuesta, convendría consultar la obra de san Juan Pablo II, ‘Teología del Cuerpo, en la cual en los primeros capítulos desentraña la imagen y la semejanza de Dios en el hombre, Adán, antes del pecado que le pone un obstáculo a la alteridad, de ser persona don para Eva. Y nos remontamos a la Trinidad santísima: las tres personas divinas don entre sí, misterio sublime e inefable de Dios Amor. En ese nivel debe de ser el amar a Dios en estas relaciones interpersonales trinitarias como fundamento para amar a los hermanos, los humanos.
Si recalco lo ‘uno’ y me cierro a la alteridad de las personas, convierto al ‘yo’ propio y a la libertad en absolutos, voy en contra del misterio de persona humana llamada a la comunión de personas. El nivel de relación ha de ser de persona a persona, cuyo valor ontologíco es inconmensurable.
Si el hombre ha sido creado a imagen y semejanza Dios, se ha de entender que la persona humana, ya por su propio misterio está llamada a ser don para los demás, y no azote.
De aquí que el amor apasionado a Dios uno y trino, es enraizarnos en su ser divino para hacer presente su presencia en nuestro corazón y ser signo compasivo para los hermanos, los humanos, en las diversas circunstancias de la vida.
La santa Eucaristía, es la síntesis sacramental de la plenitud de la ley y los profetas: amor a Dios y a los hermanos, en la mismísima entrega-pascua de Jesús, quien actualiza su misterio por el Espíritu Santo y el ministerio de nuestros hermanos sacerdotes.
Jesús nos comunica su amor y su fuerza cuando nos alimentamos sacramentalmente de su Cuerpo y de su Sangre.
No podemos orar de cara a Dios y dar la espalda al hermano necesitado que padece diversas tragedias, como la pérdida de un ser querido, el haber caído en la prisión de las drogas o en la desesperación angustiosa.
Dar la cara a Dios y dar la cara y el hombro a la persona humana, necesitada y que padece miserias de toda índole.
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