Por Cecilia Galatolo

La edad a la que los niños reciben su primer teléfono celular se está reduciendo cada vez más, llegando a menudo ya en la escuela primaria. Ante este cambio, algunos padres se adaptan —o se rinden—, mientras que otros sienten una preocupación creciente y buscan orientación.

Stefania Garassini, periodista y profesora de Content Management y Digital Journalism en la Universidad Católica de Milán, invita a detenerse a reflexionar. En su libro Smartphone. 12 ragioni per non regalarlo alla Prima Comunione e neanche alla Cresima (Smartphone. Doce razones para no regalarlo en la primera comunión ni en la confirmación) (Edizioni Ares, 2026), recoge y vuelve a plantear las preocupaciones de muchos pedagogos: poner en manos de niños o preadolescentes herramientas tan poderosas, sin una guía adecuada, puede ser muy arriesgado.

Teléfonos celulares para los hijos: el valor de esperar al menos hasta los 13 años

Las indicaciones de los pediatras recogidas por Garassini son claras: la posesión autónoma del teléfono celular debería aplazarse al menos hasta los 13 años, mientras que el acceso a las redes sociales debería producirse aún más tarde.

También a nivel internacional, las recomendaciones van en esta misma dirección. La Finnish National Agency for Education subraya que no se recomienda un teléfono celular antes de los 13 años e invita a una introducción gradual y supervisada.

Del mismo modo, el movimiento Smartphone Free Childhood advierte sobre los riesgos de la sobreexposición: efectos negativos en la concentración, el sueño y la autoestima. Por eso anima a las familias a crear verdaderas “coaliciones de clase”, retrasando juntos la entrega del aparato al menos hasta los 14 años.

Los pactos digitales: la nueva frontera educativa en torno al celular

Uno de los factores que más a menudo empuja a los padres a ceder es la presión del grupo: “Todos lo tienen”. Precisamente para contrarrestar esta dinámica nacen los llamados pactos digitales.

Se trata de acuerdos entre familias —una especie de “alianza educativa”— para establecer juntos los tiempos y las modalidades de acceso al teléfono celular. Los beneficios son concretos: se retrasa la entrada en el mundo digital, se reducen los conflictos en casa y se genera una mayor coherencia entre los adultos.

En Italia, estas iniciativas también han sido promovidas por la Universidad de Milán-Bicocca, junto con asociaciones como Aiart Milano, MEC y Sloworking, con el objetivo de ofrecer a los padres herramientas concretas para afrontar el desafío educativo del mundo digital.

Existen experiencias similares en varios países. Pensemos, por ejemplo, en Estados Unidos, donde el movimiento Wait Until 8th propone un compromiso compartido entre padres para retrasar la entrega del teléfono celular al menos hasta 2.º de la ESO. Organizaciones como la Family Online Safety Institute trabajan desde hace años para promover un uso más consciente de la tecnología en la familia.

El teléfono no es una herramienta familiar

¿Qué hacer cuando ya “todos lo tienen” y el pacto ya no es viable?

Una posible respuesta es la del uso mediado. Algunos pedagogos sugieren evitar la lógica de la posesión —“es mío”— para introducir, en cambio, la del uso compartido. Un objeto de la familia puede ser utilizado por el niño en determinados momentos y bajo condiciones específicas.

En este modelo, el teléfono celular no es un objeto personal del niño, sino una herramienta familiar: puede utilizarse en momentos definidos, para funciones precisas y siempre bajo la supervisión de los adultos.

La diferencia no es menor. La propiedad implica una autonomía precoz, a menudo todavía difícil de gestionar; el uso compartido, en cambio, introduce un aprendizaje gradual, acompañado por la relación educativa.

El primer paso para educar empieza por el buen ejemplo

Por tanto, la cuestión no es solo si dar un celular y cuándo hacerlo, sino cómo integrarlo en la vida familiar. Un uso sano no surge por casualidad; requiere algunas condiciones precisas, como tiempos bien definidos, funciones adecuadas a la edad, una supervisión activa y un acompañamiento educativo constante.

El teléfono nunca debería convertirse en un “anestésico”, ni transformarse en el pasatiempo fácil que apaga la creatividad y las relaciones. Al contrario, debe proponerse como una herramienta que se utiliza de manera coherente y consciente, dentro de un contexto de reglas y diálogo.

Hay, además, un elemento decisivo: el ejemplo de los adultos. Los comportamientos de los padres hablan más que cualquier regla. Por eso es importante preguntarse, incluso antes de establecer límites para los hijos, qué uso hacemos nosotros del teléfono celular: ¿Lo tenemos en la mesa? ¿Lo consultamos continuamente mientras alguien nos habla? ¿Lo usamos como relleno en los momentos vacíos?

Pequeños gestos concretos pueden marcar la diferencia: establecer momentos sin dispositivos —como durante las comidas o antes de dormir—, evitar el uso distraído en presencia de los hijos, mostrar que se puede elegir “desconectar”. Proponer también jornadas o espacios “smartphone free” ayuda a crear ocasiones en las que toda la familia experimenta una conexión más auténtica. Porque la educación digital pasa, ante todo, por lo que los chicos ven cada día.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de octubre de 2026 No. 1631