Por Jaime Septién

En 2001, unos días después del ataque del 11-s, tuve la oportunidad de cubrir por El Observador el Sínodo convocado por San Juan Pablo II en el que se revisó la figura del obispo. Fueron días difíciles. El presidente Bush mandó a su padre a convencer al papa (ya muy disminuido físicamente) de la “guerra quirúrgica” en contra de Afganistán. JPII fue inflexible: no a la guerra… El 7 de octubre llovían las bombas sobre Kabul…

Sin embargo, el Sínodo se llevó a cabo. El obispo de Querétaro, don Mario De Gasperín, participó en él. Y en las sesiones organizadas con presencia de la prensa pude aprender que el obispo no es –como muchos piensan dentro y fuera de la Iglesia católica—una figura meramente emblemática, política, de contentillo del Papa o de las fuerzas locales. Es un pastor, y como tal (el arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Bergoglio, recién nombrado ese año fue uno de los principales redactores de las conclusiones) debe tener “olor a oveja”.

Bromeábamos los periodistas acreditados en la sala de prensa sobre las mil y una características que los obispos habían dicho sobre su ministerio en el Sínodo: caso insólito: un grupo que quiere trabajar más, pensar más, servir más… Lo cierto es que el lema del Sínodo, “El Obispo, siervo del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo” se cumplió a cabalidad en las participaciones y en la Exhortación Apostólica Pastoris Gregis de San Juan Pablo II.

En el apartado del Obispo ante los retos actuales (los de 2001 se han magnificado 25 años después) me queda claro que los ha enfrentado a cabalidad don Fidencio López Plaza: “Profeta de justicia y paz, defensor de los derechos de los pequeños”. Lo ha hecho con pasión y con amor a “los olvidados”. Y estoy seguro que don Víctor Alejandro Aguilar Ledesma tendrá claro lo que aquel 2001 decían los obispos: que la esperanza (post 11-s) “no está en nosotros, sino en Cristo”. Dos obispos que, por su trayectoria y su servicio (don Fidencio en San Andrés Tuxtla y en Querétaro; don Víctor en Morelia y en Celaya) han sabido ser padres, maestros, amigos y hermanos de todos. La Iglesia que peregrina en estas tierras les agradece y los abraza.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 27 de septiembre de 2026 No. 1629