Mantener viva la esperanza en medio de las crisis es el eje de la reflexión del Padre Prisciliano Hernández Chávez, quien presenta la caridad y la misericordia como la luz para atravesar la noche de la vida.
Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Pueden existir comunidad de discípulos de Jesús sensatos o de necios, como la parábola de Jesús de las vírgenes previsoras y las vírgenes necias (cf Mt 25, 1-13); de los segundos cuando por los problemas de la vida, se apaga la esperanza y desaparece la caridad.
Parece que, al paso del tiempo, en la noche de la vida, se puede extinguir ese deseo de vivir con la orientación trascendente de la vida. Solo interesa lo nuevo, el momento presente; asegurar el nivel de vida, buscar las seguridades humanas, que son las menos seguras.
Sobre los escombros de las crisis, es necesario mantener vivo el ‘anhelo de la vida eterna’.
Nuestra alma no se sacia con lo perecedero, por más duradero que sea; solo el deseo permanente del amor como donación total de sí mismo, la aspiración perenne de la verdad y de la plenitud que no conoce ocaso, en una palabra, la felicidad total, como la suma de todos los bienes sin mezcla de mal alguno.
La sensatez del discípulo de Cristo, es mantener encendida la lampara de la esperanza, con el aceite de la caridad, a toda prueba.
No se puede sostener la insensatez del nihilismo contemporáneo, todo está mal, todo es inútil, nada de nada es nada.
No nos hemos de afligir como los que no tienen esperanza, como nos enseña san Pablo (cf 1Tes 4, 13).
La esperanza nos llena de alegría; aguardar la fiesta sin fin de las bodas del Cordero.
El aceite de la sensatez, de la esperanza, es la caridad y la misericordia sin límites. Ese amor que Jesucristo ha derramado en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
Crucemos la noche de la vida, más allá de la muerte, con la lámpara encendida del amor que salta hasta la vida eterna.
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