En una reflexión profunda sobre la fe y el amor de Dios, Martha Morales nos invita a descubrir que la alegría no es casualidad, sino un don que debemos cultivar diariamente mediante la oración, la obediencia y el encuentro con Cristo.
Por Martha Morales
Cultivar es hacer las labores necesarias para fructificar. Dios puede magnificar nuestra capacidad de estar alegres. Jesús quiere que compartamos su alegría. Se trata de cultivar el gozo en cada periodo de nuestra vida. Jesús dice que, si guardamos los mandamientos, permaneceremos en su amor, y el amor está ligado a la alegría. Obedecer significa “dar oído”, si queremos escuchar a Dios, él nos ayudará y nos dará alegría.
Dios es infinito en inteligencia y en voluntad, es santísimo en sí mismo, es distinto del mundo y es inmutable, por lo tanto, la naturaleza divina no tiene cambio. Dios es espíritu, hay que adorarlo en espíritu. El Creador es distinto de la creación. La unión hipostática es la unión de la naturaleza divina y la naturaleza humana en la Persona de Cristo.
Siendo imagen de Dios, la persona humana es alguien capaz de entrar en comunión con otras personas. El hombre está llamado a una alianza con su Creador para ofrecerle una respuesta de fe y de amor. Se nos invita a participar en la alegría de esa alianza para que forme la base de nuestra vida.
El Señor descendió y proclamó que su amor desea penetrar en nuestro corazón, le dice a Moisés que está lleno de entusiasmo y de alegría (cfr. Ex 34). La naturaleza misma de Dios es el Amor. Jesús se encarnó para encarnar la realidad del Cielo en nosotros. La humanidad redimida es invitada a esta alegría.
La alegría de Dios se derrama en nosotros, ¿cómo? Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1). La respuesta de fe del hombre ha de ser un acto libre. La respuesta de Dios al pecado es nuestra alegría, porque Jesús le da un golpe mortal a la serpiente, porque por mí, soportó la Cruz. Es embriagador pensar que su sacrificio lo hizo feliz, por el gozo que le esperaba en nuestra correspondencia.
Vienen días en que haré un nuevo pacto, dice el profeta, pondré mi ley en sus corazones, perdonaré sus iniquidades y todos me conocerán (Jeremías 31, 34). Las últimas palabras de la Última Cena, narra Juan, son que Jesús orará por nosotros para que seamos uno. Este amor nos cautiva. Jesús quiere que el mundo crea y sepa que Dios lo ha enviado, y así, su amor esté en nosotros. El amor de Dios se ha derramado en nosotros por el Espíritu Santo. La alegría la derrama el Señor en nuestros corazones y este espíritu grita: Abbá, Padre! (Gal 4,6).
El Espíritu es como un río de cristal que fluye, dice el Apocalipsis. La oración es beber de su amor, del torrente del paraíso. Dios se regocija por ti, te renovará con su amor. ¿Cómo avivar el fuego? Con nuestra inteligencia y voluntad. Tenemos muchas cosas por las que dar gracias. Fe es dar gracias por adelantado, como San Pablo: “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos” (Filipenses 4,4), y lo dice en la cárcel. Tómate el tiempo para reír con el Señor. “Una sonrisa es un regalo de amor” (S. Teresa de Calcuta). Canta y baila para el Señor. “El corazón contento alegra el semblante” (Proverbios 15, 13). Tienes la alegría del Señor para dar, la alegría del Señor despierta a la gente. Una verdad abrumadora es que tú – ser humano mortal- eres Jesús, puedes vivir en Él. Nuestro objetivo en esta tierra es ser Cristo que pasa, ayudar en la redención, Jesús quiere que algunos de nosotros le ayuden a encarnarse.
Con Cristo la alegría renace constantemente. ¿Cómo contagiamos la alegría? Al revestirnos de nuestro Señor Jesucristo, Cristo brilla en ti con gentileza y paciencia. Saca fuera la falta de perdón. San Pablo recomienda: “Vuestra conversación sea siempre agradable” (Colosenses 4,6).
Consejos prácticos: solamente di: “Te amo Jesús”. Que mi lenguaje sea siempre amable. ¿Cómo será mi voz en un cuerpo resucitado? Será una voz que sale de un corazón alegre. Mira a la gente con amor, como la mira Jesús. Luego, sé rápido para escuchar (Santiago 1,19) y sé prudentes. Esta historia de amor es para darla al mundo. Invierte tiempo en hablar con Jesús, es un don de la gracia que siempre presupone esfuerzo. Cuando reces di: “Espíritu Santo ayúdame a orar, a amar la oración y ayúdame a vencer la pereza”. Nuestra historia con Dios es alegre, Jesús se merece todo.

