En su reflexión, el Padre Fernando Pascual nos invita a contemplar la inmensidad del amor de Jesucristo, manifestado en su Pasión y entrega, y a confiar plenamente en su misericordia, capaz de transformar y salvar cada alma.
Por P. Fernando Pascual
Sabemos que Dios nos ama con locura. Lo sabemos sobre todo al contemplar la Pasión de Cristo, que se dio completamente por todos los homb1res, pues quiere que todos se salven.
Santa Brígida de Suecia (1303-1373) lo expresó bellamente en uno de sus escritos. La santa recoge las palabras que le habría dirigido Jesús para manifestar su amor infinito:
“Oh, amigos míos, yo amo con tanta ternura a mis ovejas que, si fuera posible, quisiera morir muchas otras veces por cada una de ellas con la misma muerte que sufrí para la redención de todas” (Revelationes, libro I, c. 59).
Sabemos que basta una sola gota de la Sangre de Cristo para salvarnos. Sabemos que murió una sola vez, para siempre, como explica el Nuevo Testamento (Hb 9,18 y 1Pe 3,18). Pero el texto de Santa Brígida expresa un amor tan radical, tan fuera de toda medida, que nos permite comprender que Jesús habría muerto más veces si hubiera sido necesario para salvar a una sola alma.
Cuando comprendemos la inmensidad de ese amor salvador, podemos abrir los corazones para permitir que la Sangre de Jesús lave nuestros pecados con su misericordia infinita.
Entonces desaparece el temor. La pena por nuestros pecados nos lanza a la confianza en la misericordia divina. Dejamos, entonces, que el Salvador purifique nuestras almas, nos reconcilie con Dios Padre, y nos ayude a vivir como hijos amados y como hermanos.

