A CIEN AÑOS DE LA CRISTIADA
Por Miriam Apolinar
A cien años del inicio de la resistencia cristera, el historiador reconstruyó la experiencia de los combatientes, los acuerdos que pusieron fin a la guerra y el papel de los testimonios que permitieron recuperar una historia que durante años permaneció en silencio.
La Cristiada no terminó de comprenderse cuando los combatientes entregaron las armas en 1929. Para muchos de sus protagonistas, la guerra continuó durante años en forma de recuerdos dolorosos, preguntas sin respuesta y conversaciones que apenas podían sostenerse en privado. Así lo expuso el historiador Jean Meyer durante su conferencia magistral “A 100 años del inicio de la Cristiada”, presentada en el Coloquio Internacional “A cien años del inicio de la resistencia cristera”.
Uno de los datos más contundentes de su exposición fue la cifra de 250 mil muertos que atribuyó al general Luis Garfias, además de un millón de mexicanos que, según señaló, partieron al exilio en Estados Unidos. Meyer situó vestas pérdidas en un país que entonces tenía aproximadamente 18 millones de habitantes. Las cifras dimensionan la magnitud del conflicto, aunque deben entenderse como estimaciones históricas y contrastarse con otras fuentes para precisar su alcance.
Pero el centro de su conferencia no fue únicamente el balance de la guerra. Meyer propuso mirar la Cristiada desde la memoria de quienes la vivieron: hombres y mujeres que, después de combatir o apoyar a los insurgentes católicos, tardaron años en encontrar un espacio para contar su experiencia.
Aurelio Acevedo: de 13 hombres a un regimiento de 500 jinetes
Uno de los protagonistas de la reconstrucción histórica de Meyer fue Aurelio Acevedo, antiguo jefe cristero de la región del norte de Jalisco y sur de Zacatecas.
El 22 de agosto de 1926, Acevedo se levantó en armas con aproximadamente 13 hombres mal armados. Tres años después, entregó un regimiento de 500 jinetes, bien montados y armados con fusiles obtenidos del Ejército federal, según relató el historiador.
La trayectoria de Acevedo permitió a Meyer explicar tanto la capacidad de organización de los combatientes como el dilema que enfrentaron al recibir la instrucción de deponer las armas. Para el antiguo jefe cristero, la entrega del regimiento, el 15 de agosto de 1929, fue uno de los momentos más dolorosos de su vida.
Meyer recordó que Acevedo llegó a pensar en el suicidio tras cumplir la orden. Su esposa, según el testimonio recuperado por el historiador, lo consoló al decirle que aquella podía ser la voluntad de Dios.
El episodio revela una dimensión poco visible de los arreglos que pusieron fin a la primera Cristiada: para quienes habían combatido convencidos de defender su fe, abandonar las armas significó afrontar una decisión difícil de conciliar con los sacrificios realizados durante tres años.
Los arreglos de 1929 y la herida de los combatientes
La conferencia también abordó las contradicciones que rodearon el final de la guerra. Meyer explicó que los cristeros obedecieron la decisión del papa Pío XI de poner fin al levantamiento armado, pese a que algunos consideraban que sus fuerzas estaban en condiciones de continuar la lucha.
El historiador rechazó la idea de que el Papa hubiera sido engañado al aceptar los arreglos. A su juicio, la decisión respondió a una valoración de las circunstancias y a la necesidad de detener una guerra que el gobierno no lograba resolver militarmente, mientras los cristeros tampoco contaban con los recursos suficientes para asegurar una victoria.
Meyer identificó como uno de los problemas posteriores el incumplimiento de los acuerdos y la persecución de antiguos dirigentes. En su exposición señaló que, a partir de 1931, se reanudaron medidas contra la libertad religiosa y que algunos jefes cristeros fueron víctimas de acciones selectivas.
El investigador distinguió, además, entre el fin formal de la primera Cristiada y la persistencia de conflictos armados posteriores. Según su interpretación, fue hacia 1938 cuando comenzó una etapa de paz religiosa más estable, aunque la reforma constitucional en materia religiosa no llegó sino hasta 1991.
La diferencia es importante para entender el centenario: la firma de los arreglos no eliminó inmediatamente las tensiones entre el Estado y la Iglesia ni resolvió las dudas de quienes habían entregado las armas.
Quince años de silencio y un periódico llamado David
Uno de los aspectos más reveladores de la conferencia fue la explicación de cómo se construyó la memoria cristera después de la guerra.
Meyer relató que Acevedo impulsó en 1936 una primera publicación llamada David, pero fue en 1952 cuando comenzó una etapa más sostenida con el periódico del mismo nombre. La publicación reunió testimonios, cartas y documentos de antiguos combatientes y se convirtió en un espacio para reconstruir lo ocurrido desde la perspectiva de sus protagonistas.
El nombre no era casual: David representaba al pequeño que derrota al gigante Goliat. Para Acevedo, explicó Meyer, esa imagen simbolizaba al cristero frente a un adversario que contaba con mayores recursos.
Durante años, los recuerdos habían permanecido encerrados en reuniones privadas. Los hijos de antiguos combatientes veían llegar a hombres que conversaban a puerta cerrada, sin saber que aquellas visitas estaban dedicadas a hablar de la guerra. Meyer interpretó ese silencio como una expresión del dolor, la frustración y la sensación de abandono que acompañaron a muchos sobrevivientes.
La publicación permitió que esos recuerdos comenzaran a circular y que otros antiguos combatientes enviaran sus propios documentos y relatos. La historia dejó de depender exclusivamente de los registros oficiales para incorporar la voz de quienes habían participado directamente en los acontecimientos.
Cifra y costo humano del conflicto
Durante su exposición, Jean Meyer atribuyó al general Luis Garfias la cifra de 250 mil muertos a causa de la Cristiada, además de un millón de mexicanos que marcharon al exilio a Estados Unidos, en un país que en ese momento contaba con aproximadamente 18 millones de habitantes.
El historiador que buscó a los sobrevivientes
Jean Meyer llegó a México en 1965 para investigar la Cristiada. Según explicó, encontró dificultades para consultar archivos oficiales relacionados con el conflicto religioso y tuvo que apoyarse en documentos privados, entrevistas y testimonios de primera mano.
Su encuentro con Aurelio Acevedo fue decisivo. En 1966, Acevedo lo llevó a una reunión de aproximadamente 200 a 300 antiguos cristeros y lo presentó ante ellos como el joven historiador que podía ayudar a romper lo que llamó la “conspiración del silencio”.
A partir de ese encuentro, Meyer recorrió distintas regiones del país para escuchar a los sobrevivientes. La experiencia se convirtió en la base de una investigación que dio lugar a “La Cristiada”, obra publicada en México a partir de 1973 y reconocida por incorporar testimonios directos a la historia del conflicto. La investigación académica posterior también ha destacado la importancia de su trabajo con archivos
privados y fuentes orales.
Un estudio publicado en la revista Historia Mexicana, de El Colegio de México, documenta cómo la investigación de Meyer contribuyó a transformar la historiografía de la guerra cristera mediante el uso sistemático de archivos y testimonios de participantes.
Para el historiador, escuchar a los antiguos combatientes significó mucho más que completar información ausente en los archivos: le permitió acercarse a la dimensión humana y religiosa de una experiencia que los documentos, por sí solos, no podían explicar.
Una guerra que no fue solamente un proyecto político
Meyer también cuestionó la interpretación de la Cristiada como un movimiento cuyo propósito central habría sido conquistar el poder político e instaurar un gobierno católico.
En su conferencia sostuvo que, aunque algunos dirigentes de organizaciones católicas sí imaginaron una transformación política mediante las armas, esa aspiración no representaba necesariamente la motivación de todos los combatientes. Para muchos cristeros, afirmó, el compromiso fundamental estaba relacionado con la defensa de su fe.
El historiador recordó el testimonio de Bernardo González, antiguo combatiente de San José de Gracia, Michoacán, quien llegó a considerar que una victoria militar pudo haber conducido a un gobierno autoritario y a una nueva tragedia para el país. Su reflexión muestra que incluso entre los propios cristeros existieron distintas maneras de interpretar el desenlace de la guerra.
La distinción obliga a examinar el movimiento sin reducirlo a una sola explicación: fue un conflicto religioso y armado, pero también una experiencia popular atravesada por lealtades, decisiones difíciles y desacuerdos sobre el futuro de México.
El periódico David y el rompimiento del silencio
Tras años de conversaciones a puerta cerrada y silencio entre los excombatientes, en 1952 comenzó la etapa más sostenida del periódico David (creado por Acevedo), cuy o nombre aludía a David contra Goliat. Esta publicación sirvió para reunir testimonios y documentos privados, permitiendo reconstruir la memoria histórica cristera desde la voz de sus propios protagonistas.
El centenario: recordar sin convertir la historia en una versión oficial
Al reflexionar sobre las conmemoraciones de 2026, Meyer advirtió sobre el riesgo de convertir la historia en un relato oficial que idealice el pasado, exagere sus triunfos o mantenga abiertas sus heridas.
Por ello, insistió en que conmemorar no significa celebrar indiscriminadamente todo lo ocurrido, sino examinar tanto las decisiones como sus consecuencias, reconocer el sufrimiento y escuchar a quienes vivieron los acontecimientos.
Su conferencia dejó una pregunta de fondo para el centenario de la Cristiada: ¿qué ocurre cuando una sociedad tarda décadas en escuchar a quienes vivieron una guerra?
La respuesta de Meyer se encuentra en el trabajo de recuperación de testimonios, al reunir las voces de los sobrevivientes.
Además el historiador mostró que la memoria también es una fuente para comprender la historia, siempre que se examine críticamente y se contraste con los documentos.
A cien años del inicio de la resistencia cristera, su investigación invita a recuperar una etapa decisiva de la relación entre la Iglesia y el Estado en México, sin perder de vista a las personas que padecieron el conflicto y las consecuencias que se prolongaron mucho después de que callaran las armas.
El Coloquio Internacional “A cien años del inicio de la resistencia cristera” se realizó del 14 al 16 de octubre en la Ciudad de México, organizado por la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), la Universidad Pontificia de México (UPM) y la Sociedad Mexicana de Historia Eclesiástica. La primera jornada tuvo como sede la Plaza Mariana de la Basílica de Guadalupe; las actividades del 15 y 16 de octubre continuaron en el auditorio de la UPM. El encuentro reunió a historiadores e investigadores de instituciones de México, Estados Unidos e Italia para analizar las causas, los protagonistas y las consecuencias del conflicto.
Crecimiento del regimiento de Aurelio Acevedo
El jefe cristero Aurelio Acevedo se levantó en armas el 22 de agosto de 1926 con solo 13 hombres mal armados; para el 15 de agosto de 1929, al deponer las armas, llegó a entregar un regimiento de 500 jinetes bien montados y armados con fusiles obtenidos del Ejército federal.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 25 de octubre de 2026 No. 1633

