Por P. Fernando Pascual
San Felipe Neri tenía un don especial para ayudar a personas atribuladas. Esta anécdota muestra cómo supo librar de una obsesión maligna a una religiosa ahogada por la angustia.
En cierta ocasión, san Felipe fue invitado a encontrarse con una religiosa llamada Escolástica Gazzi. La hermana Escolástica creía que ya estaba condenada, que iba a ir al infierno, y que no había remedio alguno para salvarla.
Apenas entró san Felipe al locutorio para hablar con la religiosa, el santo dijo: “¿Qué haces, Escolástica? ¿Qué tal, qué tal? ¡El paraíso es tuyo, tuyo, tuyo!”
La hermana Escolástica no aceptó esas palabras: “¡Padre, no! Dudo muchísimo de que tal vez sea lo contrario. Yo creo que estoy condenada”.
San Felipe no se desanimó, y volvió a repetir su afirmación: “¡Te repito que el Paraíso es tuyo, tuyo! Y te lo voy a probar. Dime: ¿por quién murió Jesucristo?”
La religiosa contestó: “Por los pecadores”.
“¿Y tú, qué eres?”
“Una pecadora” dijo nuevamente la religiosa.
“¡Pues ahí lo tienes! ¡El Paraíso es tuyo!, ¡es tuyo!, Escolástica, si estás verdaderamente arrepentida de tus pecados”.
La religiosa quedó tan persuadida y consolada, que se libró de esa idea que antes la obsesionada y que la había llevado a creer que era una condenada. En su corazón repetía una y otra vez las palabras del santo: “¡El Paraíso es tuyo, tuyo, tuyo!”
Es posible que el demonio o nuestros propios miedos nos lleven a pensar que ya no tenemos remedio, que iremos derechitos al infierno. Esta sencilla anécdota, tan llena de Evangelio, puede sernos de ayuda para arrancar esa mala idea, y para abrirnos a una misericordia que Dios nos ofrece a todos si pedimos, con humildad y confianza, perdón por nuestros pecados.
(La anécdota y los textos aquí reproducidos proceden de la siguiente publicación: ‘Angel Hidalgo Belloso, El santo del buen humor. San Felipe Neri, Bilbao 1962).

