A través del encuentro entre un joven peregrino y un abad, el Padre Fernando Pascual reflexiona sobre el sentido de la vida espiritual: la oración y la lectura encuentran su meta en el amor a Dios y a los demás.
Por P. Fernando Pascual
En cierta ocasión el padre abad tuvo un encuentro que le dejó pensativo. Un joven, que peregrinaba a pie entre varios santuarios marianos, pasó una jornada en el monasterio, y entabló un diálogo breve pero significativo con el abad.
El joven deseaba conocer buenos libros para mejorar su vida espiritual, crecer en la oración y avanzar hacia una mayor intimidad con Dios.
El padre abad le recomendó varios libros de diferentes autores, como santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz. Pero luego se quedó pensando: sentía que había que explicar un punto importante.
“Te he recomendado varios libros, y encontrarás seguramente muchos otros, muy buenos como ayuda para avanzar en las diferentes etapas de la oración. Pero en la vida cristiana necesitamos recordar que lo más importante es el amor.
Los diferentes autores y los métodos nos ayudarán a acercarnos a Dios, a rezar desde lo más profundo de nuestros corazones, a comprender los diferentes movimientos del alma para distinguir lo que viene de Dios y lo que viene del maligno.
Sin embargo, aprender sobre la oración solo tiene sentido para ayudarnos a avanzar en la unión de amistad con Dios, que va de la mano con el amor a nuestros hermanos.
En cierto sentido, uno puede tener dificultades en la oración, pero si ama está ya en un excelente camino. Desde luego, el amor le ayudará a mejorar sus oraciones, así como las oraciones le permitirán madurar, poco a poco, esa vocación que tenemos todos de vivir a imagen y semejanza de Dios.
Está bien leer, estudiar, buscar métodos de oración. Pero sin olvidar nunca que la meta de todo el camino, también de tu peregrinación ofrecida por la paz en el mundo, será siempre crecer en el amor. Ello se consigue desde la experiencia de sabernos amados por Cristo, Hijo del Padre, mientras permitimos que el Espíritu Santo despliegue en nuestros corazones esa gracia que nos transforma y nos permite amarnos unos a otros”.

