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“La eutanasia siempre es ilícita”: Papa Francisco

“La eutanasia siempre es ilícita”: Papa Francisco

“Evitar el ensañamiento terapéutico”, acción que tiene un significado ético completamente distintos de la eutanasia –que “sigue siendo ilícita siempre, en tanto propone interrumpir la vida, procurando la muerte” –y “acompañar” con amor al enfermo que se aproxima al fin de la existencia, incluso informándolo y haciendo que tome decisiones. El Papa Francisco afronta en dichos términos, caros a la doctrina católica, la delicada cuestión del fin de la vida, que requiere de un “atento discernimiento, que tome en consideración el objeto moral,  las circunstancias y las intenciones de los sujetos involucrados”, a la vez que subrayando la utilidad de la medicina paliativa.

En un mensaje dirigido a la Pontifica Academia por la Vida, en ocasión del Meeting regional europeo de la World Medical Association referido a cuestiones pertinentes al denominado “fin de la vida”, Francisco escribe que las preguntas vinculadas al tema del encuentro “siempre han interpelado a la humanidad, pero hoy asumen formas nuevas, por la evolución de los conocimientos y de los instrumentos técnicos que se hallan disponibles” a partir del desarrollo de la medicina.

En efecto, hoy es posible “prolongar la vida en condiciones que en el pasado no se podían siquiera imaginar”, llegando a “sostener funciones biológicas que se han vuelto insuficientes, o incluso llegando a sustituirlas, pero esto no equivale a promover la salud. Por lo tanto, se requiere un suplemento de sabiduría, porque hoy es más insidiosa la tentación de insistir con tratamientos que producen potentes efectos sobre el cuerpo, pero que tal vez no resultan de utilidad para el bien integral de la persona”.

A tal propósito, Francisco recuerda que Pio II en 1957 ya había afirmado “no hay obligación de emplear siempre todos los medios terapéuticos potencialmente disponibles y que, en casos muy puntuales, es lícito abstenerse” de ellos. Lo cual conlleva a tomar en consideración “el resultado que puede esperarse, teniendo en cuenta las condiciones del enfermo y sus fuerzas físicas y morales” y, así, “llegar a una decisión que moralmente se califica como la renuncia al ensañamiento terapéutico”. Es una opción que asume responsablemente el límite de la condición humana mortal, en el momento en que toma conciencia de que ya no puede contrastarla más. «Con esto, no se pretende provocar la muerte: se acepta no poder impedirla», como especifica el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2278). Esta perspectiva diferente restituye humanidad al acompañamiento a la muerte, sin dar lugar a justificaciones para la supresión de la vida”.

“Por cierto, cuando nos sumergimos en lo concreto de las coyunturas dramáticas y en la práctica clínica, los factores que entran en juego a menudo resultan difíciles de sopesar. Para establecer si una intervención médica clínicamente apropiada es proporcionalmente efectiva no basta con aplicar una regla general de modo mecánico. Se requiere de un atento discernimiento, que tome en consideración el objeto moral, las circunstancias y las intenciones de los sujetos involucrados. La dimensión personal y relacional de la vida –y del morir mismo, que siempre sigue siendo el momento extremo del vivir- debe tener, en la atención y en el acompañamiento que se brinda al enfermo, un espacio adecuado a la dignidad del ser humano. En este camino, la persona enferma reviste el rol principal. Lo dice con claridad del Catecismo de la Iglesia Católica: «Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si tiene las competencias y capacidades para ello» (Ibid.). Es ante todo él quien es el titular, obviamente en diálogo con médicos, de evaluar los tratamientos que se le proponen y de juzgar su efectiva proporcionalidad en la situación concreta, tornándose un deber la renuncia en cualquier caso en que dicha proporcionalidad sea reconocida como insuficiente. Es una valoración que no resulta fácil en la actividad médica de hoy en día, en la cual la relación terapéutica se vuelve cada vez más fragmentada, y el acto médico debe asumir múltiples mediaciones, requeridas por el contexto tecnológico y organizativo”.

A todo esto, resalta el Papa, se suma el condicionamiento “de la acción combinada de la potencia tecno-científica y de los intereses económicos”. “Tratamientos que cada vez se tornan más sofisticados y costosos son accesibles a sectores de personas y pueblos cada vez más restringidos y privilegiados, planteando serias preguntas acerca de la sostenibilidad de los servicios sanitarios”. Una tendencia que no sólo se verifica entre los países pobres y ricos, sino también dentro de éstos últimos.

En la complejidad que viene determinada por la incidencia de estos factores diversos “el imperativo categórico es el de no abandonar nunca al enfermo”. “Cada uno brinde amor del modo que le sea propio: como padre o madre, como hijo o hija, hermano o hermana, médico o enfermera. ¡Pero que lo brinde! Y aunque sabemos que no siempre podemos garantizar una curación de la enfermedad, a la persona viva podemos y debemos siempre atenderla: sin que nosotros abreviemos su vida. Pero también sin ensañarnos inútilmente contra su muerte. En esta línea se mueve la medicina paliativa. Ésta reviste gran importancia incluso en el plano cultural, comprometiéndose a combatir todo aquello que torne el morir más angustiante y sufrido, es decir, el dolor y la soledad”.

Por  último, el Papa observa que en las “sociedades democráticas, los temas delicados como este son afrontados con serenidad: de un modo serio y reflexivo, y bien dispuestos a hallar soluciones –incluso normativas- que sean lo más compartidas posible. Por una parte, de hecho, debe tomarse en cuenta la diversidad de visiones del mundo, de convicciones éticas y de pertenencias religiosas, en un clima de escucha y acogida recíprocas. Por otra parte, el Estado no puede renunciar a proteger a todos los sujetos involucrados, defendiendo la fundamental igualdad por la cual cada uno es reconocido por el derecho como un ser humano que vive junto a otros en sociedad. Un particular atención deber reservarse a los más débiles, que no pueden hacer valer sus intereses por sí solos. Si se subestima este núcleo de valores esenciales en la convivencia, también cae la posibilidad de entenderse en base a aquel reconocimiento del otro, que es el presupuesto de cualquier diálogo y vida asociada misma.  La legislación en el campo médico y sanitario también requiere de esta visión amplia, y de una mirada abarcadora que contemple, en las situaciones concretas,  qué es lo que promueve en mayor medida el bien común”.

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