Por Gilberto Hernández García

Entre los años setenta y ochenta del siglo pasado, Juan Manuel Galaviz Herrera, sacerdote de la Sociedad de San Pablo, escribió una serie de artículos que tituló: El Sacerdote a través de la novela mexicana, y que fue publicada en la revista “Vida pastoral” de los paulinos en México. Hace un par de años salió a la luz, el libro que recopila estos trabajos.  El autor, actualmente en la misión que en Cuba tiene la  Sociedad de San Pablo, conversa con nosotros sobre su obra.

¿Por qué el interés de reflexionar sobre la figura del sacerdote en la literatura, particularmente en la novela mexicana?

Las figuras sacerdotales que aparecen en importantes novelas de México siguen echando luz sobre un terreno de vivo interés para la opinión pública, en especial para los estudiosos de la cultura y de la sociedad mexicana; para los amantes de la literatura y para los agentes de pastoral. De algún modo esas figuras revelan lo que el pueblo espera de sus ministros, lo que sabe o ignora de ellos, lo que les critica o agradece, lo que les admira o reprueba de su conducta. Admiración o vituperio, pintura serena o caricatura polémica, se trata de figuras que tienen alguna relación, directa o indirecta, con la imagen real dada por el sacerdote.

 ¿Qué rasgos, qué perfil del sacerdote son los que con mayor frecuencia aparecen en la novela mexicana?

El sacerdote aparece ante todo como un servidor, como alguien que vive en medio de la gente, pero que está también al frente de ella en lo que atañe a valores trascendentes como las creencias, el interés por el prójimo, la moral, la relación con Dios. Ese perfil del sacerdote es visto alguna vez en contraluz, cuando algún narrador presenta figuras de sacerdotes que, más que servir, dominan, o que no responden a las expectativas del pueblo y son infieles al deber de representar a Jesucristo.

Sacerdote en la novela mexicanaUsted escribió la serie entre los años setenta y ochenta del siglo pasado. Entre el tiempo de las más novelas más remotas y de las más cercanas a cuando usted las reseñó, y los tiempos actuales, ¿qué diferencias sustanciales encuentra en la percepción que tienen del sacerdote católico?

Señalo ante todo que, si desde la época colonial hasta el pasado siglo, aparecen con frecuencia  –en importantes obras de la narrativa de México– figuras sacerdotales, eso pone en evidencia que el sacerdote ha sido un personaje clave en la vida nacional. Ciertamente se advierte también una evolución en el concepto que se tiene del sacerdote; se pasa de verlo como una figura que está al centro de la sociedad como eje indiscutible, a considerarlo figura importante en la vida de la sociedad, pero ya no el eje o árbitro de la misma. Si luego pasáramos a las novelas más recientes, nos encontraríamos con que el sacerdote es menos veces tomado como personaje en la narrativa nacional y más ásperamente, en algunas ocasiones, criticado o hecho blanco de injustificados ataques. Esto último responde probablemente a una tendencia que se ha ido acentuando: la de ostentar la propia incredulidad e impulsar un secularismo exacerbado.

¿Qué nos aporta este libro El sacerdote a través de la novela mexicana, a los cristianos de estos tiempos, en la coyuntura que vive la Iglesia?

En sustancia: si admitimos que la narrativa suele ser una proyección de conciencias colectivas, hay que decir que aun las críticas que se le hacen al sacerdote ponen de manifiesto que se espera mucho de él.  Es fácil sacar la conclusión: si los sacerdotes dan un buen testimonio y cumplen a fondo el propio cometido, sin omisiones ni ambigüedades, la sociedad reconocerá el beneficio y la narrativa de algún modo les hará justicia a esos sevidores. Claro que esto no es tan sencillo. ¿Quién puede asegurar que absolutamente todos los sacerdotes están dispuestos a una renovación? ¿Y quién puede impedir  que se dé siempre algún caso extremadamente reprobable? Como en todos los grupos sociales, pagan justos por pecadores, y no falta nunca quien se ocupe de tomar la parte por el todo y echar lodo sobre una entera institución. Eso es todavía más fácil en contextos como el de México, donde siguen latentes los extremismos contrarios de «papistas» y «jacobinos», que en relación con el sacerdote se expresan con la referencia al «padrecito» o con la alusión despectiva a «los curas».