El Papa Francisco ha centrado su homilía de hoy en la Capilla de Casa Santa Marta, en esos «verdaderos santuarios de santidad y apostolicidad», que son los religiosos y religiosas ancianos, muchos de ellos ya en las casas de retiro, esperando la hora en que «el Señor llame a las puertas de sus corazones».

Su Santidad ha reflexionado en los textos de la liturgia de hoy y ha puesto de relieve esos dos extremos de la existencia del cristiano. En el Evangelio llamó la atención sobre el comienzo de la vida apostólica de los discípulos: eran jóvenes y fuertes y los demonios huían ante su predicación. En tanto en la primera Lectura se muestra a San Pablo al final de su vida. «Es el ocaso del Apóstol».

«El Apóstol tuvo un comienzo gozoso, entusiasta, entusiasta con Dios dentro. Pero a nosotros tampoco se nos ahorrará el ocaso. Y me ayuda pensar en el final del Apóstol… Me vienen a la mente tres imágenes: Moisés, Juan Bautista y Pablo . Moisés es el que conduce al Pueblo de Dios, valiente, luchaba con Dios para salvar a su pueblo: ¡fuerte! Y al final está solo, en el monte Nebo, mirando la Tierra Prometida, pero no se le permite entrar en ella. No podía entrar en la promesa. Juan Bautista: en los últimos momentos, tampoco se le privó de las angustias».

«Y también el Apóstol Pablo nos habla de los que lo han abandonado, de quienes le han procurado daño, atacándolo por su predicación. Relata que en el tribunal nadie le ayudó. Todos lo han abandonado. Pero, dice San Pablo, “el Señor ha estado cerca de mi, Me ha dado la fuerza para que yo pudiese llevar a cumplimiento el anuncio del Evangelio».

«Cuando pienso en el ocaso del Apóstol, me viene al corazón el recuerdo de aquellos santuarios de apostolicidad y de santidad que son las casas de reposo de los sacerdotes y de las religiosas: valientes sacerdotes y religiosas, mayores ya, con el peso de la soledad, esperando que el Señor venga a llamar a la puerta de sus corazones. Estos son verdaderos santuarios de apostolicidad y de santidad que tenemos en la Iglesia. No los abandonemos».

«Si miramos a lo más profundo», dijo el Papa, estos lugares «son bellísimos». «¿Nosotros los cristianos tenemos la voluntad de hacer una visita, ¡que será una verdadera peregrinación!, a estos santuarios de santidad y de apostolicidad, que son las casas de reposo de los sacerdotes y de las religiosas? Uno de vosotros me decía, hace días, que cuando iba a un país de misión, iba al cementerio y miraba todas las tumbas de los viejos misioneros, sacerdotes y religiosas, de hace 50, 100, 200 años, desconocidos. Y me decía: ‘Pero todos estos podrían ser canonizados porque al final cuenta solo esta santidad cotidiana, la santidad de todos los días’. En las casas de reposo, estas religiosas y estos sacerdotes esperan al Señor como lo hizo Pablo: un poco tristes, es verdad, pero también con una cierta paz, con el rostro alegre».

«Nos haría bien a todos nosotros, concluyó el Papa, pensar en esta etapa de la vida que es el ocaso del Apóstol y rezar al Señor: ‘Custodia a los que están en el momento de desprendimiento final, para decir una última vez: Sí, Señor, ¡quiero seguirte!»