Esta mañana el Papa Francisco presidió la Santa Misa en sufragio por los cardenales y los obispos fallecidos durante el presente año, a quienes calificó como “Hombres dedicados a su vocación”, cuyo bien realizado a servicio de la Iglesia “está bien custodiado” en las manos de Dios.

El Santo Padre dijo que la esperanza cristiana es invencible, porque el peor de los males no puede romper el vínculo del amor entre Dios y el hombre, ni siquiera la muerte, que es una puerta hacia la vida y no un puente que va entre una existencia que se deja a las espaldas y un abismo oscuro y desconocido que está enfrente.

“Ángeles y principados, presente y futuro, altura, profundidad, criaturas: nada, afirma el Apóstol, ‘podrá separarnos del amor de Dios’. En esta misma fuerte convicción reside, , “el motivo más profundo, invencible, de la confianza y la esperanza cristiana”, señaló el Papa Francisco

“También las potencias demoníacas, hostiles al hombre, son impotentes frente a la íntima unión de amor entre Jesús y quien lo acoge con fe –prosiguió el Papa-. Esta realidad del amor fiel que Dios tiene para cada uno de nosotros nos ayuda a afrontar con serenidad y fuerza el camino de todos los días, que a veces es veloz y otras lento y fatigoso”.

“Sólo el pecado del hombre puede interrumpir este vínculo; pero incluso en este caso, Dios lo buscará siempre, lo seguirá para restablecer con él una unión que perdura también después de la muerte, incluso, una unión que en el encuentro final con el Padre alcanza su culmen”, aseguró.

Ciertamente, reconoció el Papa Francisco, una duda puede insinuarse cuando una persona querida, que hemos conocido bien, muere: “¿Qué será de su vida, de su trabajo, de su servicio a la Iglesia?”. La respuesta, añade, nos llega del Libro de la Sabiduría, citado en la primera Lectura: “Todos ellos, están en las manos de Dios”, allí donde “la mano es símbolo de acogida y de protección”, de “una relación personal de respeto y de fidelidad”.

“Estos pastores que con celo han dedicado su vida al servicio de Dios y de los hermanos, están en las manos de Dios. Todo lo suyo está bien custodiado y no será corrompido por la muerte –añadió-. Están en las manos de Dios sus días de alegrías y sufrimientos entrelazados, de esperanzas y de fatigas, de fidelidad al Evangelio y de pasión por la salvación espiritual y material del rebaño a ellos confiado”.

Estos, concluyó el Papa Francisco, son los cardenales y obispos fallecidos estos últimos meses, “hombres dedicados a su vocación y al servicio de la Iglesia”, a la que “han amado como se ama a una esposa”.

A Dios le interesa esta caridad y esta dedicación, no los límites humanos contra los que hay que luchar para testimoniar ambas, dijo.

“También los pecados, nuestros pecados, están en las manos de Dios; estas manos son misericordiosas, manos ‘llagadas’ de amor. No por casualidad Jesús quiso conservar sus llagas en las manos para hacernos sentir su misericordia. Y esta es nuestra fuerza y nuestra esperanza. Esta realidad, llena de esperanza, es la perspectiva de la resurrección final, de la vida eterna, a la que son destinados ‘los justos’, los que acogen la Palabra de Dios y son dóciles a su Espíritu”, destacó.

El Papa, finalmente, oró también por los presentes: “Recemos también por nosotros para que el Señor nos prepare este encuentro. No sabemos la fecha, ¡pero el encuentro se dará!”.