Según cifras de la ONU, la migración internacional ha crecido de manera notable desde el comienzo de este siglo y se calcula que en la actualidad unos 232 millones de personas buscan en países distintos al suyo nuevas oportunidades de mejorar su vida y desarrollar sus conocimientos. Alrededor de la mitad de ese colectivo son mujeres.

En octubre de 2013, los Estados miembros de la ONU adoptaron por unanimidad una Declaración donde, entre otras cosas, reconocen la contribución importante de la migración al desarrollo y llaman a una cooperación más amplia para afrontar los retos de la migración irregular y facilitar un flujo de personas seguro, ordenado y regular.

La Declaración también enfatiza la necesidad de respetar los derechos humanos de los migrantes y de promover las normas internacionales de trabajo. Además, condena de manera firme  las manifestaciones racistas e intolerantes y resalta la necesidad de mejorar la percepción pública sobre los migrantes y la migración.

La Iglesia, pionera en la defensa y acompañamiento de los migrantes

La Iglesia católica ha tenido muy claro su papel en el ámbito de las migraciones. El mismo Señor Jesús dice: “Porque fui forastero y me acogiste”; por eso uno de sus frentes de servicio pastoral más importantes lo constituye la atención a los migrantes, desplazados y refugiados.

Para la Pastoral de la Movilidad Humana es muy claro que esta celebración, más que ofrecer información sobre lo que les sucede a los migrantes –que la implica, pero no es único objetivo–, busca conocer la raíz de su problemática, vista con ojos de fe: “debemos renovar en la Iglesia un compromiso de acogida y de solidaridad con todos aquellos que se encuentran de camino y lejos de su patria”.

“No  deseamos ver a los migrantes como extraños; queremos acercaros a ellos como hermanos. Siempre existe el riesgo, incluso entre nosotros, de hacer del día del migrante un  evento. Pero viéndolo desde la fe tendría que ser un acontecimiento. Es decir, el día del migrante debería ser una auténtica celebración que no sólo nos haga verlos sino también observarnos desde ellos y revisar nuestra manera de pensar y de actuar, incluso para revisar la vivencia de nuestra fe”.

En el mensaje para la  Centésima Jornada Mundial del Emigrante y el refugiado –que en la Iglesia católica se celebrará el próximo – el Papa Francisco señala que “desde el punto de vista cristiano, también en los fenómenos migratorios, al igual que en otras realidades humanas, se verifica la tensión entre la belleza de la creación, marcada por la gracia y la redención, y el misterio del pecado. El rechazo, la discriminación y el tráfico de la explotación, el dolor y la muerte se contraponen a la solidaridad y la acogida, a los gestos de fraternidad y de comprensión. Despiertan una gran preocupación sobre todo las situaciones en las que la migración no es sólo forzada, sino que se realiza incluso a través de varias modalidades de trata de personas y de reducción a la esclavitud”.

Y denuncia: “Emigrantes y refugiados no son peones sobre el tablero de la humanidad. Se trata de niños, mujeres y hombres que abandonan o son obligados a abandonar sus casas por muchas razones, que comparten el mismo deseo legítimo de conocer, de tener, pero sobre todo de ser “algo más”.

El Papa ha animado a los emigrantes a no perder la esperanza  “de que también para vosotros está reservado un futuro más seguro, que en vuestras sendas podáis encontrar una mano tendida, que podáis experimentar la solidaridad fraterna y el calor de la amistad”.