Por Jorge E. Traslosheros H. |

La característica dominante del Papa es su radical opción por la vida, sin concesiones. Es un campeón. Entre muchas cosas podemos mencionar cómo da voz a los cristianos perseguidos, abraza a migrantes, enfermos, ancianos, jóvenes y niños, denuncia la trata de personas y defiende a los seres humanos concebidos. Su fuerte mensaje desconcierta porque mira desde la misericordia.

La declaración del Papa que más sacudió a la Iglesia fue cuando dijo que los católicos no podemos obsesionarnos con el tema del aborto aislándolo del conjunto de la doctrina. Quienes han comprometido su vida en la defensa del concebido se confundieron ante el manejo que hizo la prensa liberal de sus palabras, al sugerir que podría cambiar la posición de la Iglesia. La prensa comió vísperas para su infortunio; pero la zarandeada a los católicos era necesaria. Luchar en trincheras tan difíciles puede provocar pérdida de perspectiva y, en consecuencia, visión de conjunto. El Papa, como buen pastor, tenía la obligación de advertir el peligro pues, lo ha dicho, el testimonio de quienes batallan contra la cultura del descarte en este frente hace creíble el Evangelio.

Francisco volvió sobre el tema del aborto en su Exhortación Apostólica. La diferencia es que ya no se trata de una declaración susceptible de ser interpretada de manera equívoca. Ahora estamos ante su magisterio y el programa de su pontificado.

La promoción de la vida y dignidad humanas es la clave de interpretación de la Exhortación y no podía ser de otro modo. Ha llamado a la Iglesia a ponerse en estado de misión, lo que significa ubicar en el centro de cualquier esfuerzo a la persona de Cristo quien es el Señor de la Vida. En esta lógica hizo cinco señalamientos claves sobre el tema del aborto.

Primero, el aborto no es negociable, ni se revisará la doctrina de la Iglesia. Segundo, la defensa de los triturados por la cultura del descarte empieza en el seno materno, pero debe ampliarse necesariamente a cada persona cuya vida sea amenazada y su dignidad pisoteada. Tercero, no es progresista acabar con la vida de un ser humano, afirmación destinada a quienes mantenían ilusiones dentro de la Iglesia o manipulaban con muy mala leche su doctrina. Cuarto, la doctrina debe presentarse de manera integral, sin parches, sin componendas, otorgando la primacía a la caridad como condición necesaria de justicia. Quinto, es imperioso aprender a comunicar el Evangelio para evitar que se nos encierre en un solo tema. No se trata de negociar la Palabra, sino de aprender a comunicarla con caridad. Estamos ante un Papa radical que, por mirar a cada persona, tiene perspectiva universal, es decir, católica.

El magisterio pontificio, desde Paulo VI, ha centrado sus esfuerzos en denunciar la crisis antropológica que nos vuelve ciegos y sordos al sufrimiento humano, llámesele mentalidad antinatalista, cultura de la muerte, dictadura del relativismo o cultura del descarte. Francisco sigue a sus predecesores con bríos renovados y gran imaginación evangélica, haciendo gala de sensibilidad pastoral, con inocencia y astucia pues así lo mandó Jesús.

El programa del Papa es tan sencillo como el origen de la pretensión cristiana: Jesús es el camino, la verdad y la vida. Se toma íntegro o se deja. No hay medias tintas. Bien lo dijo san Ireneo: “la gloria de Dios es que el Hombre viva y la vida del Hombre consiste en la visión de Dios”.

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