Por José Esaúl Mendoza Pedro |

¡Ahí están los hechos en nuestros pueblos!: extorsiones, secuestros, amenazas de muerte, el odio contra quien ha atentado contra nuestra familia; la injusticia, las víctimas de la opresión, el desinterés de unos por los otros, la violencia en Michoacán, los “autodefensas”… Todo lo anterior nos hace emitir una pregunta a gritos: Y, ¿dónde está Dios en 2014? Es una pregunta que, tal vez, más de alguno ya se habrá hecho. ¿Dónde está Dios cuando hay violencia, secuestros, extorsiones, inseguridad económica, opresión, injusticia, muerte, pobreza, desinterés de unos por los otros…? ¿Dónde está Dios cuando no se notan signos de fraternidad entre el clero? ¿Dónde está Dios cuando la Iglesia no parece ser hoy signo del Reino? ¿Dónde está Dios…?

El Reino que predicó Jesús

En Palestina, surgió un hombre llamado Jesús. Él predicó lo que ya es bastante sabido por nosotros y que –por tanto- ya no haría falta decirlo: predicó el Reino de Dios. 122 veces aparece en los evangelios y 90 veces en los labios de Jesús. Y eso del Reino de Dios, ¿qué significa? No es definible, sólo es posible dar sus características. «El Reino de Dios es –dice Boff- la revolución y la transfiguración absoluta, global y estructural de esta realidad, del hombre y del cosmos, purificados de todos los males y llenos de la realidad de Dios. El Reino de Dios no pretende ser otro mundo, sino el viejo mundo transformado en nuevo» (Leonardo Boff, en Jesucristo liberador). Ésa es sólo una visión, es la mirada de Boff que no agota todo lo que es el Reino de Dios.

Desde una mirada fatalista, pareciera que el proyecto de Jesús se ha frustrado. Da la impresión de que el Reino de Dios ha sido un fracaso pues, a decir de algunos, no se notan los signos del Reino. Cuando se voltea en rededor y se mira la realidad, aparentemente el deseo de Jesús no se ha cumplido. A reojo, se podría decir que la Cruz (signo del fracaso para algunos) no significó liberación, pues la rúbrica del Reino de Dios pareciera no palparse. Cuando la sociedad es violenta, cuando las familias son extorsionadas, cuando hay secuestros, cuando las armas injustas y opresoras aparentan imponerse…, todo eso, no son signos del Reino, y parece (sólo eso) que el Reino de Dios nunca ha podido implantarse. Y más de alguno podría concluir que el Reino de Dios fue sólo un sueño guajiro de un palestino, del Nazareno, cuyo proyecto, da la impresión de haber fracasado.

Sin embargo, conviene recordar que cuando Juan en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». Jesús les respondió: «Vayan y cuenten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva…» (Mt. 11,3-5). Y habiéndole preguntado los fariseos a Jesús sobre cuándo llegaría el Reino de Dios, él les respondió: «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: ‘Vedlo aquí o allá’, porque el Reino de Dios ya está entre ustedes» (Lc. 17,20-21). Es así que, contra lo que pudiera pensarse, en el 2014, el Reino de Dios ya está aquí, y se pueden ver signos de ello.

Reino: aquí y ahora 

Lo anterior, válidamente se puede afirmar si tomamos en cuenta que hace apenas tres siglos, todavía no se podía hablar de derechos humanos; en cambio hoy, la gran mayoría de los seres humanos tienen reconocidos sus derechos fundamentales. Eso, es un signo del Reino. Y los signos del Reino no necesariamente tienen que venir desde donde resultaría natural que vinieran, sino que pueden llegar desde donde menos se pudiera esperar, y hasta de donde resulta impensable: en el caso de los derechos humanos, tuvo su buen impulso de los vilipendiados y a veces poco apreciados los llamados Ilustrados y de lo que –a la postre- ellos generaron.

Hoy, la gran mayoría de las constituciones del mundo tienen reconocidos los derechos fundamentales: el derecho a la libre expresión, al voto popular, la defensa contra los gobernantes, el derecho a un proceso jurídico justo, a la libre asociación, a la libertad de tránsito…; y, ahí hay signos del Reino.

Y  bien podemos enumerar múltiples signos del Reino, pero sólo señalamos algunos más: 1) hace apenas unas décadas, la tecnología no tenía el avance de ahora, y ello posibilita mayormente para que se desarrollen las capacidades de los seres humanos. 2) El acceso a la educación ahora es más amplio, hay más oportunidades que hace apenas algunas décadas. 3) Hoy, hay más posibilidades reales de acceso a la vivienda; la mayoría de población tiene acceso a los servicios de salud pública. 4) La internet hace que las “distancias” se acorten y fluye la información con mayor facilidad.

Pero, vayámonos a algo más cercano: cuando un cristiano intenta vivir lo que predica, ahí está un signo del Reino. Cuando alguien perdona, ahí se manifiesta un signo del Reino. Cuando un sacerdote generosamente dona su vida, cuando una religiosa entrega sus ideales a favor de los demás, cuando un sacerdote confiesa y se traslada varios kilómetros para visitar a una comunidad y acompañarlos en la acción de gracias o eucaristía; ahí hay signos del Reino. Cuando una familia reza, cuando un papá o mamá procura el bien de sus hijos, cuando una familia procura vivir la fraternidad evangélica, ahí también hay signos de Reino. Cuando los grupos parroquiales se esfuerzan por comunicar el Evangelio de diversas maneras, ahí hay signos del Reino. Cuando tú y yo recibimos un saludo sincero, palabras generosas y alentadoras, cuando somos favorecidos gratuitamente por el cariño sincero: ahí hay signos del Reino. En un centro de estudios de cualquier nivel de estudios donde se enseña, se instruye y se forma: ahí hay signos del Reino. Cuando un presidente municipal hace una obra pública en beneficio de sus gobernados; cuando un jefe de tenencia procura el bienestar de su pequeña comunidad; ahí hay signos del Reino… En fin, hoy, podemos ser testigos de que por doquier se manifiestan los signos del Reino.

Hay que recordar que «El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: ‘Vedlo aquí o allá’, porque el Reino de Dios ya está entre ustedes».  Así que podríamos enumerar muchos, pero muchos signos del Reino. De lo que concluimos que el Reino de Dios predicado por aquel palestino, Jesús, no ha sido un fracaso, dado que los signos del Reino ahí están, y son más insistentes y visibles cada vez. Hablar de un fracaso de la salvación de Jesús, es negarse a la gracia. Quien se abre a la gracia, va limpiando sus lentes y va descubriendo los signos del Reino. ¡Urge pues que nos acostumbremos a la gratuidad! Todo es gratuito, inmensurablemente gratuito, pues todo es Gracia. Y no hemos procurado valorar la gratuidad. La salvación es gratuita, y ahí está, ya se hace presente aunque su plenitud sea escatológica. Hay pues múltiples y diversos signos del Reino en nuestro rededor, y se nos pasa desapercibido; por ello, tal vez, no nos sentimos con esperanza, con alegría de ser ya testigos de los inicios sólidos del Reinado de Dios. De todo lo anterior, válidamente podemos concluir que el cristianismo constituye y debe ser la esperanza para el mundo que se siente atribulado, “masacrado” y olvidado por Dios.  

“Ya…pero todavía no”

Hemos pues afirmado que múltiples son ya los signos del Reino. Pero, ¿qué ante lo que aún hay: injusticias, extorciones, secuestros…? A nosotros corresponde que se noten cada vez menos. Que procuremos mayor fraternidad. Aún hay campo o terreno para continuar co-construyendo el Reino de Dios. Por ejemplo, cuando hemos sido testigos pasivos de la violencia que se ha generado en nuestros pueblos y hemos quedado cómodamente indiferentes a esa opresión e injusticia que han sufrido muchas de nuestras familias de la México, tal vez hemos sido sordos y ciegos a los signos de los tiempos, pues tal vez ahí se reclamaba una participación más activa de nuestra parte, y puede que hayamos dejado tendido en el camino al samaritano golpeado y asaltado, pues -a lo mejor- nuestra “prudencia” nos hizo permanecer inactivos ante esos signos de los tiempos; ahí donde la “sangre del inocente” clama justicia al Cielo y ante lo cual preferimos quedar mudos y dar culto a Dios en el templo y no en esos signos de los tiempos. Y ahí –donde yo me incluyo-, en eso, no hay signos del Reino. Pero estamos a tiempo de revirar, pues llamados estamos a que sean más los signos del Reino que los antisignos del mismo. Si creemos, si  tenemos fe, entonces, que eso nos haga consecuentes; y si el Buen Jesús el Cristo nos preguntara como lo hizo con el ciego de nacimiento: « “¿Tú crees en el Hijo del hombre?” A la vez, tal vez, ahora nosotros respondamos: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?” Jesús nos dirá, como lo hizo con aquel ciego: “Le has visto; el que está hablando contigo, ése es”. El ciego de nacimiento respondió: “Creo, Señor”. Y se postró ante él». Nosotros, tú y yo, ¿ya estamos listos para postrarnos ante Él? ¿O aún preferimos que sea Él quien se postre ante nosotros?

Concluyo parafraseando a Carlos Mesters: “No nos compete a nosotros juzgar a los demás, definiéndolos como buenos o malos, fieles o infieles, porque la distinción entre buenos y malos desaparecería si uno fuera bueno para los demás. Si existen malos, entonces que cada cual examine su conciencia y trate de ver si ha cerrado su corazón y no ha ayudado al otro crecer”. Porque, si yo voy a misa diario (o todos los domingos), me confieso seguido, y cumplo al pie de la letra la ley, pero hay antisignos del Reino a mi rededor, bien debería yo preguntarme cuánto yo he contribuido para que esos antisignos del Reino aún estén ahí; pues tal vez, sólo hemos pretendido dar culto a Dios en el templo (resulta más cómodo y poco comprometedor), pero nos hemos olvidado de Él fuera del templo, ahí donde se le adora en espíritu y en verdad. Aun así, a pesar de mi “cerrazón” al Reino, por gratuidad de Dios y gratuidad de muchos de mis hermanos, son muchos más los signos del Reino, y ahí están, la lista es larguísima. ¡Eso da esperanza, eso reanima! Y si hoy alguien preguntara: Y… ¿dónde está Dios en 2014? Le invitaría a contemplar los múltiples signos del Reino aquí y ahora. Por tanto, la Cruz no fue un fracaso, pues hubo triunfo ya desde ahí y en la resurrección; lo que es más, Él sigue presente ahora, aquí, en esta historia, ¡pues siempre le ha interesado y le sigue interesando nuestra historia: tu historia, mi historia!