Por Jaime Septién |

El conflicto por Ucrania ha revivido, en el mundo, los temores de una conflagración mundial. Cada vez que estadounidenses y rusos disputan un territorio, cada vez que se amenazan y se enseñan los dientes, la humanidad se pone a temblar. Estos dos países, el vaquero de la democracia y el cosaco expansionista, nos han mostrado claramente que no tienen política exterior: que tienen intereses exteriores.

Ahora el pretexto es Crimea, la salida de la flota rusa por Sebastopol. Pero, en verdad, es la necesidad rusa de Ucrania, para que le haga muelle con Europa, para seguirla mangoneando, para tener de su lado la riqueza de este país duramente golpeado por los nazis y los soviéticos en la Segunda Guerra Mundial.

La caída del presidente Ynukovich puso al desnudo el intervencionismo del que manda en Rusia: Vladimir Putin. Una revuelta que costó casi cien vidas humanas y que ha radicalizado las posturas; además, presagia –como sucedió en la antigua Yugoslavia—una guerra civil de alcances mayúsculos en vidas humanas perdidas.

En fin, una vez más el vacío moral de la política y el horror del poder cara a cara. Con el mundo temblando detrás.

Jaime Septién