Por Fernando Pascual /

Se llamaba Saulo. Estaba convencido de sus ideas. Veía en los cristianos un peligro. Con ardor se puso en marcha para perseguirlos. Un milagro cambió por completo su vida, incluso su nombre: dejó de ser Saulo el fariseo para convertirse en Pablo el apóstol.

¿Por qué Dios no repite ese milagro? ¿Por qué no toca el corazón de gobernantes que siembran odios y promueven injusticias? ¿Por qué no tira de su soberbia a quienes mueven los capitales para provocar crisis que arruinan a miles de trabajadores? ¿Por qué no infunde compasión en las entrañas de quienes con su ciencia cometen abortos cuando podrían ayudar a las mujeres en dificultad? ¿Por qué no ilumina la conciencia de los que prometen un día amor eterno a su esposa o esposo y luego viven infidelidades destructivas?

Nos sorprende el modo de actuar de Dios. Durante la vida de Cristo, milagros, signos, prodigios. Luego, a lo largo de la historia, esos milagros no han cesado, pero llegan, alguno pensará, a cuentagotas, mientras que ahora necesitamos torrentes de acciones divinas que salven al mundo de tantos pecados y desgracias.

De nuevo, la pregunta, esta vez dirigida a Dios: ¿por qué no repites el milagro que hiciste con Pablo, o el que ofreciste a Juan Diego, o el que realizaste en André Frossard, o que regalaste a Manuel García Morente? ¿Por qué no me das una migaja de esas gracias inmensas, nunca merecidas pero siempre necesarias?

Me sorprende tu manera de actuar en la historia humana. Sin embargo, si tuviese mi corazón despierto y mi alma preparada, descubriría que cada día, a veces muy cerca, realizas ese gran milagro de tus sacramentos, junto a tantas intervenciones que vienen directamente de tu Espíritu Santo.

No soy justo al quejarme como si fueras indiferente ante tanto pecado e injusticia. En realidad, hoy como ayer sigues vivo. La certeza de Pablo y de tantos millones de creyentes, también debe ser mía: Jesús, que estuviste muerto, vives por los siglos de los siglos (cf. Hch 25,19; Ap 1,18). Más todavía: vives en mí y me invitas a participar en el gran milagro de tu Muerte y tu Resurrección (Gal 2,20).