Por Jaime Septién | Si Cristo hubiera resucitado el día de hoy, los periódicos, las redes sociales, internet ni la tele lo hubieran notado. Fue noticia entonces. Hoy, como el vuelo 370 de la Aerolínea de Malasia, hubiera concitado, quizá, el morbo de la gente, la obsesión por encontrar una “evidencia” de que el hecho, realmente, ocurrió y nada más.

Pero, como en el sepulcro nuevo donde pusieron el divino cuerpo de Jesús no había una “caja negra”, queda “a discreción de cada quien” aceptar o no el hecho fundamental de la fe cristiana: que Cristo, verdaderamente, resucitó de entre los muertos.

Desde el domingo de la Resurrección hasta hoy, hemos querido acumular evidencias de que el asunto no fue un invento de los apóstoles o una trapisonda de fariseos. La Sábana Santa es una enorme evidencia. Pero no nos basta: queremos “cosas” para tocar. La fe nos resulta un tanto misteriosa y otro tanto producto de cerrar los ojos y mirar a otro lado. Estamos encerrados en el cientificismo propalado por el pensamiento políticamente correcto: si algo no se ve, no existe.

Una historia que cuentan los enterados es aquel que observa a otro que apunta con el dedo al cielo. Los de pensamiento elevado miran al cielo; los imbéciles se quedan mirando al dedo.

El sepulcro vacío, lejos de significar una afrenta al pensamiento profundo (¿por qué no dejó un recado escrito de su puño y letra o, al menos, otra foto más nítida que el santo sudario?), es un acicate. Estudiando con mi mujer la Introducción al Cristianismo de Joseph Ratzinger, leemos esto: “el cristianismo no es un sistema de ideas, sino un camino”. Quien se pone en camino busca la verdad. Y quien busca la verdad, en serio, encuentra al Padre.