Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Hay una identidad del cuerpo de Jesús, crucificado, muerto y puesto en el sepulcro, que ha resucitado.

El sepulcro vacío es un hecho histórico indirecto e inmediato de la resurrección del Señor. Hubiera sido imposible mantener la predicación de la resurrección de Cristo, sin el sepulcro vacío. Simplemente se habrían desacreditado los testigos y predicadores, tanto los discípulos como los Apóstoles; hubieran sido objeto de irrisión pública.

Con Pannenberg debemos aceptar la resurrección de Cristo, como un hecho histórico; implica la historia por ubicarse en el espacio y en el tiempo: sepulcro vacío y las apariciones tangibles de Cristo resucitado también en el espacio y en el tiempo; aunque trascienda a la misma historia por el cuerpo resucitado y glorificado del Señor.

No está el cuerpo del Señor en el sepulcro, porque ha resucitado.

Jesús señala la identidad de su cuerpo resucitado con el mismo que había sido crucificado.

“Estaban diciendo estas cosas cuando Jesús se presentó en medio de ellos y le dijo: ‘¡La paz esté con ustedes!’. Ellos, sorprendidos y atemorizados, creían estar viendo un espíritu. Entonces Jesús les dijo:’¿Por qué están tan asustados? ¿Por qué tienen esas dudas? Miren mis manos y mis pies. ¡Soy yo mismo! Tóquenme y vean: un espíritu no tiene carne y huesos como ven que yo tengo’. Al decir esto les mostró las manos y los pies.” ( Lc 24, 36-40). Normalmente a alguien se le reconocer por el rostro; pero aquí se señala un hecho fundamental: la identidad del crucificado, por eso sus llagas, con quien ha resucitado y los convence de que vive.

El Señor quiere que sus discípulos y Apóstoles, superen el miedo y tengan la plena seguridad de que ha resucitado. Confirma su realismo corpóreo.

San Pablo en 1 Cor 15, 3-8, testifica el Evangelio que él recibió:” Porque les trasmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí, que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras, que se apareció a Cefas (Pedro) y, más tarde a los Doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía, otros ya han muerto. Después se apareció a Santiago y luego a todos los apóstoles. Y por último se me apareció también a mí, que soy como hijo nacido a destiempo.”

Cristo, en su mismo cuerpo, a adquirido un modo glorioso de ser, con ‘el cuerpo de su gloria’ (Flp 3, 2). Se hace presente corporalmente en un espacio y en el tiempo, pero su corporeidad gloriosa no pertenece ya a este mundo.

Así el Señor se mostro de otra forma a los dos discípulos que regresaban tristes a su aldea de Emaús (cf 24, 13-35). Esta otra forma no quiere decir que suprime su cuerpo; es el mismo. En un primer momento no lo reconocen; pero ‘en la fracción del pan’, lo reconocen.

Qué importante es saber que Jesús resucitado camina con nosotros; qué importante es recordarlo a través de las Escrituras Santas, como la clave central e interpretativa de todas ellas, particularmente del Nuevo Testamento, cuya fórmula nuclear ‘Cristo murió y Cristo resucitó’ , va y viene, como señala von Balthasar.

En la santa misa, nos disponemos para ese encuentro con Cristo resucitado; pedimos perdón, reconocemos nuestros desalientos, con una conciencia sincera y limpia; escuchamos de corazón las Escrituras. Debe arder nuestro corazón en este momento juntamente con quien nos explica las Escrituras. Es Cristo quien nos habla al corazón. Le ofrecemos nuestros dones, ‘quédate con nosotros’, nuestra casa es tuya, nuestro corazón. Hemos de reconocerlo sacrificado y resucitado en ese momento de la ‘fracción del pan’(cf Lc24, 15-35); comulgarlo y entrar en esa interioridad de su Corazón, de persona a persona, ‘cor ad cor loquitur’, -el corazón habla al corazón, como reza el lema episcopal del beato Henry Newman. En una oración de profunda intimidad: él me habla, yo lo escucho, le respondo y me comprometo. Camina con nosotros en la sinodalidad de Iglesia en comunión y en la sinodalidad y comunión con nosotros de modo individual.

Hemos de dejar de ser prisioneros de la exterioridad, para reconocer a Cristo que camina con nosotros en esa cada vez más necesaria vida interior, vida de paz, vida de verdadera comunión con Cristo resucitado y con los hermanos, los humanos, ‘en la fracción del pan’, en la santa misa.

 

Imagen de D George en Pixabay


 

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