Por Jaime Septién | El número impreso de El Observador de esta semana está dedicado, como todo el mes de junio, al Sagrado Corazón de Jesús. Un hermoso devocionario acompaña a este ejemplar. Es gratuito pues un bienhechor lo ha querido así. Es de los que se toman en serio la propagación de esta devoción maravillosa. Dios quiera que se multipliquen. Que haya muchos que entiendan la importancia de la devoción, de la prensa católica; la inmensa necesidad que tenemos de echarnos la mano unos a otros para difundir la fe, el amor de Dios, la esperanza que nos fue regalada por el sufrimiento de nuestro Salvador.

Es un trabajo de laicos para todas las mujeres y los hombres de fe. El Papa nos ha prevenido sobre los sinsabores brutales del clericalismo. Esa cristiandad agachada y abrochada en lo mismo que no se arriesga, que pelea entre sí, que le hace la vida de cuadritos al que está al lado, al que hace lo que hago yo, “pero muy mal”. Esa cristiandad envidiosa y poquitera, que nada tiene que ver, desde luego, con el Sagrado Corazón de Jesús ni con el costado traspasado por la lanza del odio que priva en nuestro mundo.

¡Qué lecciones las del Papa Francisco en Tierra Santa! No hay nada que ése Corazón no pueda transformar. La “bomba” que el Papa lanzó en su peregrinación fue la “bomba” del amor. ¿Qué otra descarga podría hacerse en tierra de Jesús? Si los palestinos y los israelíes van a rezar juntos al Vaticano, si solución hay para el problema de Medio Oriente, el diálogo interreligioso, la dispersión de las familias, la inseguridad, la violencia, el divorcio o el desempleo, es el amor. La fuerza que vence a toda fuerza del mal.