Por Felipe de J. Monroy, Director Vida Nueva México |

En cada oportunidad que tengo de salir del espacio y horizonte en el que cotidianamente hago vida, me repito aquella frase de Mary Ann Evans (George Eliot), la escritora inglesa del siglo XIX: “La aventura no está fuera del hombre, está adentro”. Es una idea que, en mi opinión, suministra fuerza, intuye movimiento, propicia ruptura y es pura inestabilidad. Quien hace un viaje interior, supongo, encuentra las fuerzas para ponerse en marcha, para romper el quietismo o la inercia.

Me convencía de vivir así un viaje hacia Medio Oriente a mediados del año y el ánimo se mecía frente a mis ojos con aquel espíritu de explorador interior mientras volaba sobre el mar Atlántico. A bordo del vuelo  topé con el filme La vida secreta de Walter Mitty (2013) y que está basado en el texto homónimo de James Thurber de 1939. La historia, como se sabe, es la de un hombre poblado de sueños diurnos; afianzado en la cotidianidad y la confianza del entorno, no hace sino soñar con altas expectativas y aún en ellas fracasar trágicamente.

Tras ver el filme comprendí que también hay aventuras fuera de nosotros. Por ejemplo: solo al mirarlos podemos concluir que los paisajes albergan relatos e historias veladas a nuestra lectura y a veces a nuestra imaginación; advertimos que lenguajes desconocidos, tierras inhóspitas o civilizaciones enteras fluyen indiferentes a lo que creamos o pensemos sobre ellos; y llegué a pensar que quizá las únicas aventuras internas que verdaderamente importan son apenas las que están dentro del otro, dentro del prójimo. Creo que solo en esta actitud de salida, de encuentro y de apertura sincera a la sorpresa se logra comprender el sentido de los versos de Antonio Machado sin sentir angustia ni escalofríos: “El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve”.

Digo todo lo anterior porque solo estando en un país árabe, al otro lado del mundo, donde occidente solo la logrado poblar la superficie de un profundo e intrincado cuerpo cultural y antropológico, y cuyas raíces tocan el mismo origen de la civilización humana, se puede dar uno cuenta que la ciencia, los códigos, el lenguaje y las bases de convivencia que tomamos como ‘naturales’ o ‘necesarios’, simplemente no lo son. No dejan de ser trascendentes, importantes, indispensables y hasta lógicos para nosotros, pero en efecto hay aventuras de la humanidad que están a una larga distancia de nuestra mirada y nuestros prejuicios; una distancia que más que física, es emocional.

Hay oportunidades de encuentro que precisan el desembarazarse de ideas y conceptos duramente arraigados, el desterrar todo lo preconcebido y colocarse con honesta otredad frente al alfeizar del paisaje que hemos irrumpido. Cuando no ocurre así es natural que se viertan expresiones de incomprensión, de indiferencia o de crítica infecunda. Así, ni se enriquece el espíritu ni se crece en confianza.

Podría reafirmar coincidencia con Evans bajo una condición: que al encontrar y acompañar al hombre en cada una de sus realidades y cosmogonías culturales nos arriesgamos a la aventura solo cuando abrimos nuestra ventana interior. Si allí dentro todo está ocupado, amueblado y dispuesto, si no hay nada que exija un habitante más, si no hay lugar para las sorpresas, entonces sí que no vale la pena seguir mirando.