Por Juan Gaitán |

En los últimos años se ha visto un creciente y positivo acercamiento a la Biblia por parte de los fieles católicos. Diversos factores han contribuido a esta realidad: El deseo de “volver a las fuentes” del Concilio Vaticano II, la creación de círculos bíblicos, la revaloración de la Lectio Divina, la tensión con el protestantismo que es muy apegado a la Escritura, etc.

De cualquier manera, resulta difícil saber a ciencia cierta cuáles han sido los frutos de esta aproximación. Pero es importante notar que, como parte de este acercamiento, nuevos riesgos han surgido. Me refiero especialmente al hecho de tratar los textos bíblicos más como un “recurso” que como fuente, como Palabra de Dios.

Nuevos riesgos

En concreto: no es lo mismo dar unos cuantos argumentos sobre un tema y añadir un par de citas bíblicas que aparentemente lo respalden, a tomar la Escritura como punto de partida de nuestras reflexiones y afrontar con coraje lo que Dios nos comunica por medio de ella. El riesgo, dicho de otro modo, es querer hacer decir a la Biblia lo que queremos escuchar y no lo que realmente expresa; la tentación de manosear la Revelación a nuestro gusto.

Los escritores exitosos suelen dar como consejo a las nuevas generaciones: no “vendan” sus letras, no escriban para generar dinero, porque eso es traicionar el arte; cuando escriban, háganlo por amor a la palabra.

Algo así debe ser el encuentro con la Escritura: amor a La Palabra, sin prejuicios (posturas previas a la lectura), sin pretender encerrar el mensaje revelado en conclusiones personales que vienen de nosotros mismos más que de Dios, para beneficio propio.

Esto no siempre es fácil, me vienen a la cabeza algunos textos de los evangelios, cuya lectura solemos pasar por alto o suavizar: «Pero, ¡ay de ustedes, los ricos!» (Lc 6,24), «Amen a sus enemigos.» (Lc 6, 27), por mencionar como ejemplo un texto central (el sermón de la llanura en Lc). Como cristianos debemos mirar sin miedo el sentido de los textos.

Camino de conversión

Afrontar con sinceridad la Escritura es un camino de conversión, implica un constante cambio de mentalidad hacia una nueva dirección: la pureza del amor de Dios que ha de agitar la comodidad de nuestros días como cristianos. Se trata de una verdadera bomba al corazón capaz de destruir los propios esquemas y egoísmos.

Tenemos como ejemplo al joven rico (Lc 18, 18-23), quien, entusiasmado, entró en diálogo con Jesús, pero, cuando abrió los ojos a la exigencia del amor, se fue triste porque prefirió sus humanas “seguridades” y apegos, antes que aceptar la radicalidad del discipulado.

Esta semana me topé con un escrito del filósofo católico Héctor Zagal que me puso a reflexionar en mi modo de asumir el Evangelio. Uno de sus párrafos dice así: «Mirando nuestra historia [de México] se me antoja pensar que el mensaje social del cristianismo ha fracasado, que los cristianos no nos hemos tomado en serio, hasta sus últimas consecuencias, la solidaridad con los más desfavorecidos.»*

¿Será que hemos acomodado La Palabra a nuestra zona de confort? Tal vez es que la realidad nos abruma, que nos lleva como una fuerte corriente de la que no queremos escapar. Pero dejarse transformar por La Palabra es un proceso de liberación cuando se vive con sinceridad. No sin un poco de temor, hemos de amar a La Palabra, con todo que tenga que decir, anunciar, denunciar y transformar.

 

*Recuperado el 16 de septiembre de 2014 en: http://istmo.mx/2006/09/que_no_nos_atropelle_el_tren/

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