Por Fernando Pascual |

Esperar da fuerzas para el camino. Mantiene la mirada fija en el bien y la verdad. Estimula al amor. Ayuda a superar las mil dificultades de la vida.

¿De dónde surge la esperanza? A nivel humano, de constatar cómo en uno mismo y en tantas personas cercanas hay fuerzas, hay medios, hay voluntades dispuestas al trabajo y a la lucha.

A nivel cristiano, la esperanza se construye directamente sobre una certeza: Dios actúa a favor de los hombres, Dios ofrece su salvación en Cristo.

Desde la esperanza, el bautizado confía en las promesas de Cristo y se apoya en la gracia que tenemos por la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones (cf. “Catecismo de la Iglesia Católica” n. 1817).

Esa esperanza nos lanza a luchar contra el pecado, a resistir ante las tentaciones, a soportar las injurias, incluso a sobrellevar en paz la muerte de un ser querido, la pérdida del puesto de trabajo o una fuerte tensión en familia.

El mundo de hoy busca seguridades “tangibles”, como si sólo pudiésemos esperar la ayuda de aquí abajo. Sin renunciar a esas seguridades bien usadas, el creyente sabe que existe una ayuda y una fuerza mucho más grande y más hermosa: la que viene de Dios.

Si miramos a la Cruz y si creemos en la Resurrección, la esperanza surge irresistible. Nos apoyamos en quien dio su Sangre para perdonarnos, en quien venció a la muerte y ahora vive para siempre.

Entonces trabajamos llenos de alegría. Apoyados en Cristo, todo lo podemos (cf. Flp 4,13). Incluso tenemos fuerzas para superar el pecado, pues acudimos al trono de la misericordia, a un Dios que, para rescatar al esclavo quiso entregar a su propio Hijo (cf. Pregón Pascual).