Por Rodrigo Aguilar Martínez, Obispo de Tehuacán |

Cristo Jesús nos dice en el Evangelio de este jueves 11 de septiembre: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman. Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica. Al que te pida, dale; y al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.” (Lc 6,27-30).

Muchas veces habremos escuchado o leído estas palabras; pero si las escuchamos y leemos muy cuidadosamente y nos fijamos en lo que Jesús nos dice, seguramente nos pueden cuestionar con fuerza.

Jesús mismo poco más adelante dice que amar sólo a quienes nos aman, no tiene nada de extraordinario, pues eso hacen también los pecadores, y Jesús pide mucho más de nosotros si queremos ser sus discípulos.

Preguntémonos: ¿qué maestro en la historia humana ha puesto la exigencia tan elevada? Nadie más, y quienes lo han hecho después de él, es porque han aprendido de él, no sólo de su enseñanza, sino sobre todo de su ejemplo. Efectivamente, estando en la cruz, Jesús pide a Dios Padre que perdone a los que lo han hecho crucificar, y los disculpa: “porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Eso es amar a los enemigos.

Dejemos que las palabras de Jesús resuenen en nuestro interior. Tal vez en un principio nos inquieten, nos molesten y las queramos hacer a un lado; pero si nos dejamos conducir por su Espíritu, empiezan a darnos paz y a ser motivadoras para nuevas acciones con personas concretas en la familia, en el trabajo, entre vecinos, entre naciones…

Jesús culmina con esta invitación: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso (porque es bueno hasta con los malos y los ingratos)” (Lc 6,35-36).

Como no se cansa de decirnos el Papa Francisco, en verdad la misericordia de Dios es su virtud por excelencia, que incluye todas las demás. Que así sea con nosotros, para que en verdad seamos hijos de Dios, hermanos de Cristo Jesús: amando a los enemigos, haciendo el bien a los que nos aborrecen, bendiciendo a quienes nos maldicen y orando por quienes nos difaman.