Por Fernando Pascual |

En el camino espiritual hay golpes que inmovilizan el alma. Antes, todo parecía marchar correctamente. De repente, un pecado mortal, una explosión de egoísmo, un odio salvaje tras una ofensa, y parece que ya no queda espacio para la esperanza.

Entonces, muchos sucumben a una tristeza que paraliza. ¿Para qué trabajar, si estoy en pecado? ¿Qué sentido tiene la lucha si he sido, nuevamente, derrotado?

Sin embargo, para el cristiano siempre es tiempo de gracia. Cualquier pecado puede ser superado con la mirada puesta en Cristo. Incluso, en el fango de la derrota, la gracia actúa y nos impulsa a dar pasos pequeños hacia la vida según el Evangelio.

Una historia narrada en las “Sentencias de los padres del desierto” ilustra de un modo concreto y vivo esta idea.

“Un hermano sucumbió a una tentación, y en su abatimiento, abandonó la regularidad monástica. Y aunque deseaba volver a empezar de nuevo su observancia regular, su estado de ánimo se lo impedía, y se decía: «¿Cuándo volveré a encontrarme como antes?» Y desalentado no hacía nada para empezar a vivir como monje.

Se llegó a un anciano y le contó lo que le sucedía. El anciano, después de escucharle, le puso este ejemplo: «Un hombre tenía una propiedad y por su negligencia se hizo improductiva llenándose de abrojos y espinas. Quiso más tarde cultivarla, y dijo a su hijo: ‘Vete y rotura aquel campo’.

El hijo fue a la finca, pero al ver tanto cardo y tanta espina, se desanimó y dijo: ‘¿Cuándo conseguiré dejar limpio todo este campo?’ Y se echó a dormir. Y esto lo repitió durante muchos días.

Más tarde, vino el padre para ver el trabajo y se encontró con que ni siquiera había empezado. Y preguntó a su hijo: ‘¿Por qué no has hecho nada hasta ahora?’. Y el joven le respondió: ‘Al llegar aquí y ver tanto cardo y tanta espina, me sentí sin ánimos para empezar el trabajo y me eché a dormir’. El padre le dijo: ‘Hijo mío, limpia cada día el espacio que ocupes tumbado en el suelo. Tu trabajo avanzará así poco a poco, sin que te desanimes’.

El joven lo hizo así y en poco tiempo quedó limpio el campo. Tú también, hermano, trabaja poco a poco y no te dejes llevar del desaliento. Dios por su infinita misericordia te volverá a tu primer estado».

Al oír esto el hermano se fue y con gran paciencia hizo lo que el anciano le había enseñado. Y encontró la paz avanzando en la virtud por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo”.

Hasta aquí el relato. ¿Así de sencillo? Sí: basta con un acto de confianza y con ese esfuerzo para dar pasos pequeños hacia la virtud. Basta con abrirse a Dios, dejar que purifique nuestro corazón, y poner la mano en el arado sin mirar hacia atrás.

Quizá en este día sólo arranquemos unos pocos cardos. No importa. Lo que importa es dejar en cada momento un nuevo espacio a la acción maravillosa de un Dios que nos ama como el mejor de los padres y nos conduce hacia la vida plena.