Por Felipe de J. Monroy |

En no pocas ocasiones se ha insistido en que los 43 normalistas de Ayotzinapa son un símbolo. Aunque no lo eran cuando protestaban por la reivindicación de su causa o cuando eran sometidos por las fuerzas del orden; no lo eran incluso cuando fueron detenidos y desaparecidos ese 26 de septiembre. Pero los 43 se convirtieron en ese símbolo que ejemplifica en toda su crudeza la crisis institucional que se venía añejando en el país.

Esa crisis, hasta antes de que el símbolo fuera más importante que la realidad, se debía a tres factores que corroen toda estructura y organización: corrupción, impunidad y violencia.

El cansancio, el hartazgo, el repudio y la necesaria movilización masiva están plenamente justificados por esa escandalosa verdad nacional en la que pueden morir 49 niños en una guardería vigilada por el Estado o donde 22 personas pueden ser acribilladas extrajudicialmente por el ejército apenas por una ligera presunción no comprobada –ni comprobable- de que pertenecían a un grupo criminal. Esa verdad que no ve ni ilegal ni inmoral el enriquecimiento inexplicable de una pléyade de líderes sindicales y políticos, que no cuestiona prácticas como el tráfico de influencias con sus consecuente baile de millones de dólares y que censura informaciones bajo el argumento de ‘seguridad nacional’ cuando casi 60 mil personas han sido ejecutadas en menos de dos años.

Pero la escandalosa verdad no es un símbolo, es la realidad.

Atacar el símbolo, tratar de recomponerlo, de reconfigurarlo o rediseñarlo puede ser una tarea importante pero igual insuficiente. Piense en el símbolo de un cigarrillo encendido en un círculo rojo; luego, reconfigurar el símbolo haciendo cruzar una banda roja por en medio cambia su significado y en lugar de decir ‘zona para fumar’ dice ‘prohibido fumar’ pero eso no remedia los problemas del consumo de tabaco, ni los enfisemas pulmonares que provoca ni genera una cultura de respeto y tolerancia entre fumadores y no fumadores.

Pero el símbolo es importante. Tanto, que la fundación Teletón usó sus mejores armas para intentar reparar un símbolo que la corrupción y la impunidad le habían resquebrajado: la bondad solidaria y desinteresada con los niños discapacitados.

Incluso el presidente Peña Nieto ha girado su mirada al símbolo (y con la de él, la de todo el aparato nacional). Su ‘Todos somos Ayotzinapa’ no ampliaba el drama de la crisis, lo restringió al símbolo de la crisis.

Atender al símbolo fue la recepción en el senado de los familiares de los 43, la llamada de los obispos a los familiares de Alexander Mora para ofrecerle consuelo incluso el mensaje a la nación de Peña; sin embargo, entrar en la realidad más allá del símbolo es la operación de directrices que construyan nuevas relaciones de servicio, trabajo y convivencia con la representación política, la participación ciudadana y la organización comunitaria.

La inestabilidad en el país es más profunda de lo que parece porque no importa que, uno a uno, los normalistas sean reconocidos entre las cenizas o que la administración federal, los partidos políticos y hasta los medios de comunicación paguen caro con los contribuyentes, electores o audiencias su ineficiente actuar. La inestabilidad es profunda porque nadie voltea a ver el terreno de esa realidad que sí está estable, ese terreno que aún tiene esos tres venenos que lo erosionan: corrupción, impunidad y violencia.

La importancia del símbolo es que la crisis mexicana pudo llegar a la conciencia de mucha gente. En varios idiomas y contextos se entiende que el 43 está tatuado en la frente de los mexicanos para vergüenza de una nación entera. Un símbolo que no se ve en el egoísmo sino en el encuentro con el otro, en sus temores, padecimientos y humillaciones. Ese 43 que, aunque se quede con nosotros por muchos años, tiene que recordarnos cotidianamente las razones del esfuerzo que habremos de hacer para no volver a repetirlo. @monroyfelipe