Por Jorge Traslosheros H. |

En torno al proceso de beatificación de Monseñor Romero se han tejido diversas mentiras disfrazadas de verdades. La más perniciosa sugiere un esfuerzo de Juan Pablo II y Benedicto XVI para impedir el proceso, finalmente desarticulado por Francisco. Curioso, “izquierdas” y “derechas” la esparcieron por igual: unos para atacar a la Iglesia por reaccionaria, otros para defender su estatus dentro y fuera de la misma, amenazado por el testimonio de Romero, ambos oscureciendo la verdad por la polvareda levantada.

El cardenal Vincenzo Paglia, postulador de la causa, al anunciar la beatificación por “odio fidei”, dio la puntilla a tanta falsedad. Lo primero fue agradecer a Benedicto XVI por haber destrabado el proceso, con su firma, el 20 de diciembre de 2012. Por nuestra parte, debemos recordar las palabras de Benedicto durante su viaje a Brasil en 2007. Entonces explicó a los periodistas en el avión cómo, en efecto, había objeciones al proceso, pero que él tenía claro que Romero había sido un auténtico testigo de Cristo. En el momento preciso, antes de renunciar, hizo valer su autoridad pontificia.

Paglia también puso énfasis en la empatía de san Juan Pablo II con el arzobispo mártir. Recordó cómo el asesinato de Romero en el altar caló profundo en el Papa polaco, cual heredero de un pueblo que venera a san Estanislao de Cracovia, muerto en condiciones análogas a las del arzobispo salvadoreño, como Santo Tomás Becket, en Inglaterra. Juan Pablo II dijo, apuntó Paglia: “lo mataron en el momento más sagrado, durante el acto más alto y más divino […] fue asesinado un obispo de la Iglesia de Dios mientras ejercía su misión santificadora ofreciendo la Eucaristía”, para luego insistir con fuerza varias veces, “Romero es nuestro, Romero es de la Iglesia”.

Bien presente tengo la oración de Juan Pablo II en la tumba de Romero, donde pronunció palabras similares, así como lo dicho en el Coliseo Romano durante el memorial por los nuevos mártires, celebrado el 7 de mayo de 2000. Ahí dijo: “Acuérdate, Padre de los pobres y de los marginados, de aquellos que testimoniaron la verdad y la caridad del Evangelio, hasta entregar su propia vida: pastores apasionados, como el inolvidable arzobispo Óscar Romero, asesinado en el altar durante la celebración del sacrificio eucarístico, sacerdotes generosos, catequistas valientes, religiosos y religiosas fieles a su consagración, laicos comprometidos en el servicio de la paz y la justicia, testimonios de la fraternidad sin fronteras”.

San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco tienen en común haber conocido en carne propia las persecuciones religiosas de antaño y hogaño, tan poco imaginativas en su crueldad y tan parecidas a la que cobró la vida de nuestro mártir.

Para rematar, pocos días antes del anuncio del Cardenal Paglia, el antiguo secretario particular del arzobispo, Monseñor Jesús Delgado Acevedo, declaró: “uno de los elementos que ha retrasado bastante el proceso de la beatificación de Monseñor Romero es la confusión, la mentira y el engaño que ha reinado durante casi 30 años de parte de sectores de la sociedad salvadoreña que tenían más acceso a las autoridades eclesiásticas que otros”, junto con, “la otra facción de izquierda [que] ha usado mucho la figura de monseñor Romero para sus intereses políticos revolucionarios”.

La verdad, finalmente, encontró su camino y ahora cada quien ocupa el lugar que por justicia le corresponde.¡Laus Deo!

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