Por Fernando Pascual

Hay músicas que naturalmente atraen. Hay ritmo, hay orden, hay armonía, hay belleza.

A través de la belleza, la música transmite fácilmente sus mensajes. Para el mal, si busca manipular conciencias a través de ritmos y letras engañosas. O para el bien, si logra un matrimonio armonioso entre el mensaje y las notas.

Hay músicas que carecen de belleza. También en ese caso, si tienen letra, pueden comunicar mensajes malos o mensajes buenos.

Lo ideal sería trabajar por conseguir belleza en el fondo y en la forma, en los contenidos y en los acordes, entre los instrumentos y las voces.

Un ideal difícil, porque con tantos siglos de historia parece imposible componer algo nuevo. Pero un ideal posible, incluso desde la ayuda de melodías del pasado que pueden ser adaptadas armónicamente a letras que eleven los corazones hacia el bien, la bondad y la belleza.

Unir música y belleza: vale la pena intentarlo, sobre todo en el ámbito de la fe católica. Porque el mensaje de Cristo merece ser comunicado con ayuda de la inventiva del genio humano, desde cantos nuevos y corazones enamorados de Dios.

“Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,19‑20).