Por Justo López Melús (+) |

El amor —que a veces puede estar prostituido— es el motor de todas nuestras acciones. Mi amor es mi peso, decía san Agustín. Por él soy llevado a donde quiera que voy. El amor no puede estar ocioso. Enséñenme un amor ocioso. No podrán. No se rehusa el trabajo cuando hay amor. Quien ama no trabaja, es decir, no siente el peso del trabajo. Y todo trabajo, para quien no ama, es una carga pesada.

Un niño de ocho años traía sobre sus hombros a otro más pequeño que tendría tres o cuatro. Se veía cansado, pero gozoso con su carga. Le pregunté: «Qué, amigo, ¿pesa mucho?». Y él me contestó con inefable expresión, con fuerza y decisión: «No pesa, es mi hermano».

Y, sonriendo y saludando, se marchó feliz, con una carga que le daba alas. Las alas tienen su peso correspondiente, pero sirven para llevar el peso del cuerpo.