Por Felipe MONROY, Director de Vida Nueva México |

El crimen y el gobierno mexicanos entraron en una etapa de diálogo en el que se entienden muy bien. Después de largos soliloquios maniáticos y sordos con los que el crimen organizado y autoridades aprovecharon los recursos a su alcance y los silencios de la ciudadanía para instaurar su orden por vía del miedo o la ley salvaje (salvaje aunque fuera constitucional); ahora parecen haber encontrado el canal de comunicación adecuado para sus fines: la venganza.

Si en el pasado hubo una gran especulación en torno a ciertos murmullos y arreglos en tono bajo entre fuerzas públicas (municipales, estatales o federales) con particulares células u organismos criminales para liquidar a otros grupos delictivos, la dura confrontación de argumentos homicidas que percibimos en estos días es un altanero pleito discursivo cuyos salivazos y escupitajos dan justo en la cara a la ciudadanía.

El todavía inexplicable derribamiento de un helicóptero del ejército mexicano por parte del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) y la consecuente respuesta de las autoridades con la ejecución sumaria de 42 criminales vinculados al mismo grupo generó la amenaza más directa de la que se hubiera tenido noticia por parte del cártel: acabar con el mal gobierno, acabar con el narco gobierno.

La amenaza fue difundida a través de un video. En la imagen se aprecia a medio centenar de hombres encapuchados, armados, con chalecos antibalas y en actitud disciplinar altiva; detrás la bandera con las siglas de la organización y los estados de la República en los que tienen influencia. Días antes, el comisionado de Nacional de Seguridad, Monte Alejandro Rubido, había ofrecido una declaración a los medios; como siempre, enmarcado en las siglas de la institución, con la bandera y escudo del país y flanqueado por superiores militares y policiacos en un disciplinado y gallardo firme marcial que hacen lucir las condecoraciones. Así el diálogo simbólico, ahora que hay que esperar los adjetivos y verbos que lance cada interlocutor.

Todo parece indicar que hay urgencia de terminar la cháchara. Ambos frentes quieren restablecer relaciones comerciales internacionales y diversificar sus negocios en el mercado con los socios del Pacífico. El pleito les reduce oportunidades. Ya en el pasado, la exportación de minerales mexicanos por parte del crimen organizado a la mafia china tuvo un relativo éxito comercial; al mismo tiempo, el gobierno mexicano busca estabilizar la proporción de importaciones y exportaciones con China puesto que aún no desciende de 10 partes de importación (productos chinos en México) por cada parte de exportación (productos mexicanos en China).

Por ello no parece descabellado pensar que estamos a las puertas de un ‘diálogo exterminador’ en el que se pondrán a prueba todas las capacidades disuasivas o destructivas del cártel y aquellas persuasivas o extrajudiciales con las que cuenta la fuerza pública y militar de la nación. Ojalá aquello fuera lo más terrible del escenario pero en el terreno de la política electoral, candidatos y partidos graznan sin cesar las fantasías de sus promesas, deseosos de ocupar el sitio de diálogo y negociación aunque evidencien su incapacidad de articular una propuesta sensata y madura.

En medio de todo esto ¿qué dice o querrá decir la ciudadanía? ¿Qué argumento suficientemente alto y claro puede poner en la arena de la disputa?

El próximo 7 de junio tendremos nuevamente un proceso electoral. Por fortuna –y a pesar de las dificultades- aún tenemos oportunidad de ello. Cuesta trabajo confiar en ‘la fuerza potencial del voto’ cuando el propio presidente del Instituto Nacional Electoral se refiere con un desprecio locuaz respecto a los ciudadanos; cuesta creer en el ‘derecho libre y soberano’ cuando grupúsculos radicales amenazan con impedir la instalación de casillas; cuesta tener esperanza en el ‘equilibrio de poderes’ cuando el corporativismo traducido en voto duro compra y enajena conciencias; pero, principalmente, cuesta trabajo –muchísimo trabajo- comprender que solo entre el patético circo político-partidista que padecemos hoy se encuentra la oportunidad de dar un poco más de tiempo de vida a una ciudadanía que no merece vivir encadenada a los condicionamientos de intereses y componendas del poder ni sometida a la violencia de los poderes fácticos imperantes.

Hay quienes proponen el permanecer callados, afirman que la ausencia ciudadana en el debate envía un mensaje muy claro a los vocingleros; pero no. El no ir a votar o el anular el voto es tristemente semejante a una condición de silencio. Nadie se dará por enterado y el gigante con el garrote utilizará los muchos o pocos recursos que le otorguen las huestes de su voto duro para alimentar su certeza vociferante.

La otra propuesta es apostar por quienes hoy no forman parte de la disputa tan solo por su tamaño o por el acceso restringido al espacio de la querella: Dotar a liderazgos pequeños y espontáneos un banco para quedar a la altura donde el diálogo exterminador ya se lleva a cabo. Pero ¿qué si los grandes vociferadores los querían allí desde un principio para gritar más alto y escupir más abundantemente? ¿Qué si no portan la voz de la ciudadanía sino el eco aturdidor del supremo escandaloso? Tenemos antecedentes: Pequeños partidos políticos que alcanzaron su registro solo para aliarse al poder, para ganar aun perdiendo, para engrosar a los gigantes y vivir cómodamente con los desperdicios que caen de sus bocazas.

En la búsqueda del mejor bien posible, aunque parezca quimérico, la ciudadanía debe darse tiempo para confiar en la ciudadanía, para sumarse a los esfuerzos colectivos y desinteresados en la construcción de paz, para facultar con voz a la sociedad que denuncia corrupción y exige dignidad para todos, para equilibrar las demandas populares junto a las responsabilidades ciudadanas, para amparar mediante la justicia y la caridad a los miserables que se les negó siempre el derecho a la dignidad. En la búsqueda del mejor bien posible, reflexionar el voto y sus responsabilidades es indispensable para creer que la ciudadanía aún tiene argumentos inteligentes, creativos, pacíficos, audaces y plurales para emprender un diálogo con un lenguaje que no esté manchado de sangre y horror.

El otro camino, intuirá el lector, es dar poder a quien tiene capacidad de hacer callar, de una vez por todas y bajo los medios que sean necesarios, el griterío criminal; y así liberarnos de la irracionalidad que nos rodea. Aunque queda claro que, bajo ese ‘ángel exterminador’, también nosotros seremos silenciados.