Las consecuencias del viaje del Papa se dejarán sentir con el paso de los meses y los años. Sin embargo, es claro que ha dejado un mensaje universal y, por ende, un fuerte compromiso a los católicos.

1.- Los claros y fuertes mensajes de Francisco, articulados en silencios, actitudes y palabras, abarcan desde los grandes problemas nacionales, hasta los dramas de nuestra cotidianidad. Tienen un común denominador: la denuncia profética contra la cultura del descarte, cuyo origen está en el desprecio a la vida y dignidad de las personas, ultraje que es independiente de la simple legalidad de nuestras acciones. El pecado, la violencia y la corrupción no mejoran por ser legales, ni resultan más insidiosos por realizarse al margen de la ley; como tampoco aminoran su maldad objetiva según se hagan en público o en privado.

2.- Francisco articula sus mensajes motivado por su fe y, precisamente por ello, resultan igualmente retadores a la conciencia de creyentes, agnósticos y ateos. Su mensaje es universal porque, sin renunciar a su identidad, es capaz de hablar al corazón de cada persona confiando en la inteligencia de sus interlocutores, dentro y fuera de la Iglesia. En otras palabras, es un mensaje retador porque pone en diálogo las razones de la fe, con las razones de la razón. Es claramente un constructor de puentes y no un destructor de caminos.

3.- Articula sus mensajes sin adherirse a una ideología en particular, por su capacidad de mirar a cada persona y desde la persona concreta leer la realidad. Así, al mismo tiempo, rinde homenaje a lo mejor de la tradición católica a lo largo de dos mil años y nos enseña la mejor manera de comunicarnos en nuestros días. Una enseñanza que deberá ser asimilada por cada católico de a pie y por cada pastor en la Iglesia. Nada ganamos refugiados en un discurso autorreferencial ni, mucho menos, pretendiendo un lenguaje universal desprendido de la fe, bajo el supuesto de que diluyéndola nos hacemos más modernos, o seremos mejor escuchados. En ambos casos, sólo conseguimos alimentar ese catolicismo vergonzante que nos impide dar testimonio integral de la fe como parte de la sociedad civil, en lo público y en lo privado. Un católico vergonzante siempre será un ciudadano lisiado.

4.- Devolver la dignidad a la vida de cada persona, para salir de nuestra crisis de violencia y corrupción, es evidente a la razón de creyentes y no creyentes. Sin embargo, dar cara a la cultura del descarte es responsabilidad irrenunciable de cada católico, acorde a los dones y carismas que Dios nos haya regalado para actuar ahí donde nos ponga, siembre o mande. No hay servicio pequeño, ni católicos más importantes que otros. ¿Acaso no presenciamos el testimonio de un niño que convirtió su silla de ruedas en un vehículo de evangelización todo terreno?

5.- Desmantelar la cultura del descarte es imposible desde una actitud de católicos vergonzantes y aquí el testimonio del Papa muestra su gran fuerza. Seamos claros, Francisco no es un marciano con poderes de ciencia ficción. Es solamente un católico, entre muchos, capaz de articular un mensaje a través del silencio contemplativo, el testimonio y la razón, porque asienta su gozo y esperanza en Cristo. Esta es la razón de fondo por la cual su mensaje resulta creíble, razonable y retador, es decir, universal.

Juan Pablo II nos reconcilió con la alegría de la fe. Benedicto XVI con la inteligencia de la fe, la caridad y la esperanza. Ahora, Francisco llama a cada católico a ser un faro de alegría e inteligencia en la misericordia, para construir una cultura de encuentro y diálogo, llena de humanidad.

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