Por Rodrigo AGUILAR MARTÍNEZ, Obispo de Tehuacán │

Las Olimpiadas en Río de Janeiro, Brasil, han llegado a su término. Se ha ido cumpliendo el lema olímpico: “más rápido, más alto, más fuerte”. Quedamos fascinados con la manifestaciones de velocidad, destreza, gracia y demás cualidades  en las ejecuciones de las diversas disciplinas deportivas. Destacan personas concretas y países. Sobre todo resalta que se puede competir deportivamente, pero en espíritu fraterno. De hecho es simbólico que los anillos olímpicos estén entrelazados.

Pero nos da tristeza y coraje ver los resultados de nuestros deportistas mexicanos, habiendo mucho talento, pero inadecuadamente aprovechado y promovido.

Sin embargo conviene ver más allá del deporte mismo; o sea que el deporte no sea como finalidad última, sino como medio y manifestación de un desarrollo integral. También en este sentido nos movemos con muchos signos contrarios en nuestra patria, por la violencia, la inseguridad, los robos, el crimen organizado, el abuso de unos a costa de otros, la educación escolarizada empantanada en muchos dimes y diretes entre autoridades y maestros, quedando los alumnos y los padres de familia a la deriva.

Pues bien, no nos quedemos en lamentaciones por culpas ajenas. Reconozcamos las nuestras, pongamos remedio en nuestra vida y decidámonos a actuar positiva y creativamente a nivel social, empezando por nuestra familia y entorno.

Recuerdo las palabras de san Pablo, que debió conocer las olimpiadas de su tiempo y de ahí tomó ejemplo para lanzar a valores más altos: “Muchos corren, pero uno solo gana el premio. Corran, pues, de tal modo que lo consigan. En cualquier competición los atletas se someten a una preparación muy rigurosa, y todo para lograr una corona que se marchita, mientras que la nuestra no se marchita. Así que no quiero correr sin preparación, ni boxear dando golpes al aire. Castigo mi cuerpo y lo tengo bajo control, no sea que después de predicar a otros yo me vea eliminado.” (1Corintios 9,24-27)

San Pablo nos habla de que no se gana una competencia sin esfuerzo ni sacrificio; en su tiempo el premio era una corona de laurel y la gloria humana. Pues con mayor razón debe haber disciplina, empuje, constancia e inmolación para metas más altas en la vida, sobre todo para quien valora y quiere vivir su fe.

De modo que las olimpiadas nos motiven a este otro ámbito de competencia para ser mejores discípulos y misioneros de Jesucristo; para ser más honestos ciudadanos y más virtuosos cristianos.