El migrante o refugiado que llama a nuestra puerta “es una oportunidad para conocer a Jesucristo”; al mismo tiempo, para el extranjero, “todas las puertas de la nueva tierra son también una oportunidad para reunirse con Jesús”: en la homilía del Papa Francisco celebrada en la basílica de San Pedro, el encuentro de Jesús con los primeros discípulos (Juan 1, 35-42), narrado en el evangelio de la misa de hoy se ha convertido en el símbolo con el que los migrantes, refugiados, solicitantes de asilo y las comunidades locales se deben encontrar, apreciar, dejando caer sus miedos, temores de las comunidades de acogida y los de los recién llegados.

El escenario de la Misa en el Día Mundial de los Migrantes y Refugiados, solicitado con urgencia por el Papa Francisco, es extremadamente internacional: al menos 10.000 fieles indios, árabes, rumanos, esrilanqueses, caboverdianos, filipinos; oraciones en congoleño, chino, ucraniano, malayalam,…; sacerdotes mexicanos e indonesios; coros árabes y brasileños; instrumentos musicales occidentales y latinoamericanos; banderas de 49 países que rodean el altar de la Confesión (foto 2).

En su homilía, Francisco señala que a esta misa “están invitados, en particular, los migrantes, los refugiados y los solicitantes de asilo”, a continuación, siguiendo el ejemplo de los encuentros de Jesús con los discípulos, afirma que cada encuentro tiene que servir a lo largo del tiempo para “recibir, conocer y reconocer al otro”.

“En el mundo actual, para quienes acaban de llegar, acoger, conocer y reconocer significa conocer y respetar las leyes, la cultura y las tradiciones de los países que los han acogido. También significa comprender sus miedos y sus preocupaciones de cara al futuro. Para las comunidades locales, acoger, conocer y reconocer significa abrirse a la riqueza de la diversidad sin ideas preconcebidas, comprender los potenciales y las esperanzas de los recién llegados, así como su vulnerabilidad y sus temores”.

El Papa, refiriéndose a su Mensaje por la jornada de hoy, enfatiza que la acogida no es todo, pero también necesitamos “proteger, promover e integrar”.

“Este verdadero encuentro con Cristo es fuente de salvación, una salvación que debe ser anunciada y llevada a todos, como nos muestra el apóstol Andrés”.

El pontífice siempre ha sido un paladín de la acogida a los refugiados, y ha calificado a menudo la indiferencia y la hostilidad de quienes se oponen en la sociedad mundial. En la homilía, admite que “no es fácil entrar en la cultura de los demás, ponernos en el lugar de personas tan diferentes a nosotros, comprender sus pensamientos y experiencias. Y a menudo renunciamos al encuentro con el otro y levantamos barreras para defendernos”.

Quizás por primera vez, en sus gestos a favor de los refugiados, habla de “miedo” en las comunidades de acogida y entre los propios refugiados. “Las comunidades locales -explica- a veces, temen que los recién llegados perturben el orden establecido, “roben” algo que se ha construido con tanto esfuerzo. Incluso los recién llegados tienen miedos: temen la confrontación, el juicio, la discriminación, el fracaso. Estos miedos son legítimos, están basados en dudas que son totalmente comprensibles desde un punto de vista humano. Tener dudas y temores no es un pecado. El pecado es dejar que estos miedos determinen nuestras respuestas, condicionen nuestras elecciones, comprometan el respeto y la generosidad, alimenten el odio y el rechazo. El pecado es renunciar al encuentro con el otro, con aquel que es diferente, con el prójimo, que en realidad es una oportunidad privilegiada de encontrarse con el Señor”.

“De este encuentro con Jesús presente en los pobres, en los rechazados, en los refugiados, en los solicitantes de asilo, concluyó, nace la oración de hoy. Es una oración recíproca: migrantes y refugiados rezan por las comunidades locales, y las comunidades locales rezan por los que acaban de llegar y por los migrantes que llevan más tiempo residiendo en el país. Encomendamos a la maternal intercesión de la Santísima Virgen María las esperanzas de todos los migrantes y refugiados del mundo, y las aspiraciones de las comunidades que los acogen, para que, conforme con el supremo mandamiento divino de la caridad y el amor al prójimo, todos podamos aprender a amar al otro, al extranjero, como nos amamos a nosotros mismos.”