Por Mario De Gasperín Gasperín

Es opinión común que las próximas elecciones revisten una grande importancia tanto por el número de candidatos como por la dificultad de identificar las ideologías o tendencias políticas vigentes.

Es tal la mezcla de partidos políticos que, a la indefinición doctrinal, debemos añadir la confusión resultante de tales alianzas y pactos, con la sobredosis de los independientes. Tenemos los ciudadanos un panorama complicado y variopinto, rayano en lo borroso y engorroso. La propaganda, matizada de simpatías o antipatías por los medios de comunicación, potencia los agravios y hacen que el votante clasemediero aumente su desconcierto.

Tratar, pues, de decidirse por un partido o por un candidato es casi como jugar a la ruleta rusa, pues no sabemos por dónde nos va a salir el tiro, si por la culata o por el gatillo. Prevalece la desconfianza y nos queda siempre la sensación de que, al depositar nuestro voto, en algo
salimos perjudicados.

Analizar las ideologías, las convicciones y los valores morales de los partidos o de los candidatos parece ya no importar a nadie ni tener sentido. ¿Quién puede saber si el zarco no nos saldrá abortista, el bermellón genomista, el violeta pleitista, el esmeralda narcoecologista y el bermejo entre pinto y descolorido?  Sin Dios, el poder empeora sin límites: «De la culebra sale una víbora y de ésta un dragón volador», advertía Isaías.

Frente a la responsabilidad y conciencia cristiana que nos impulsan a actuar, la confusión social y doctrinal nos frenan y hasta nos paralizan.

Cualquier partido que escojamos nos ofrecerá seguramente soluciones a todo y tendrá respuestas para todo, como escuchamos en los debates. Pero la experiencia nos enseña que el prometer no empobrece, sino que el dar es lo que aniquila. Una cosa es el candidato y otra el triunfador.

De esta experiencia dolorosa podemos sensatamente concluir que, sin dejar de examinar la problemática real que nos lastima y de analizar las soluciones idealizadas que nos proponen, más bien habremos de preguntarnos y preguntar a los candidatos qué es lo que los mueve o «para qué» quieren ser presidente, gobernador, senador, diputado o lo que sea.

Porque el «para qué» revela las intenciones profundas del corazón que es de donde nacen las mentiras, los engaños, los robos y los homicidios, pues no se cosechan uvas de los espinos ni higos de las zarzas. La corrupción radica, antes que en el bolsillo, en el corazón. Esto es, al menos, lo que enseña Jesús, si es que todavía algo significa esta doctrina para usted, porque en política el Evangelio está aún sin estrenar.

La Iglesia sostiene que la política auténtica es un arte noble, aunque difícil, porque busca el bien de todos. Llega a ser una forma excelente de practicar la caridad, siempre y cuando tenga por finalidad el servicio al prójimo y el bienestar general antes que la utilidad individual. Si encuentra usted a uno o a varios candidatos que lo convenzan de esta verdad, usted podrá quizá colaborar mediante su voto, aunque sea poquito, con el bienestar general.

Es lo que la iglesia llama «el bien posible». Como este mundo no es el paraíso, es imposible hacer todo el bien que queremos. Pero debemos hacer «el bien posible», y así cumplir con nuestra vocación y responsabilidad, porque todo vacío que deja un cristiano lo llena el diablo.

Quizá el Papa Francisco lo diría así: «Si por ahí se encuentra usted a un candidato católico que esté dispuesto a ser santo, usted puede contribuir con su voto a incrementar nuestro santoral con un santo político mexicano. Asunto de importancia nada menor».

 

Publicado en la edición impresa de El Observador 29 DE ABRIL DE 2018 No. 1190