Por Jaime Septién

Después de la explosión de Hiroshima, el fatídico 6 de agosto de 1945, la humanidad se dio cuenta que el cataclismo nuclear dejaba de ser ciencia ficción. Los miles de muertos de Hiroshima (y, más tarde, Nagasaki) explicaban, a las claras, que Dios había sido empujado, definitivamente, fuera del horizonte vital de los seres humanos. El mundo no soportaría –no soportará—una tercera guerra. La cuarta, decía Einstein, será con piedras y palos…

Miles de iniciativas surgieron tras la capitulación de Japón, ese mismo mes, y el fin (momentáneo) de las hostilidades. Una de ellas, nacida en 1947, fue el Reloj del Apocalipsis (en inglés Doomsday Clock, también llamado Reloj del Juicio Final). Este reloj explica a los humanos su enorme, inmensa, aterradora, estupidez.

Tomando la medianoche como el holocausto nuclear, cambios climáticos, y todo nuevo desarrollo en las ciencias y nanotecnología que pudiera infligir algún daño irreparable, estamos a dos minutos de llegar a destruirnos totalmente. Los que queden, volverán a la época de las cavernas. O peor.

La pregunta que cualquier corazón cristiano debe hacerse no es tanto por qué hemos llegado hasta aquí, sino yo cómo puedo colaborar para que el reloj retroceda, para que la creación se preserve, para que la vida de las próximas generaciones sea una vida buena.

No hay respuesta genérica. Sería una tontería proponerla. La mejor que se me ocurre es la del amor paralelo e inseparable: a Dios y al prójimo. El reloj lo cuela, de manera tangencial. «Día del Juicio Final». Ese día, hay que recordar los Evangelios, seremos juzgados por el amor. Y por lo que hagamos a aquel que necesita nuestra ayuda. Es la célebre «Civilización del amor» de Pablo VI y Juan Pablo II. Que debe ser nuestra.

TEMA DE LA SEMANA: ¿QUÉ TAN CERCA ESTAMOS DEL APOCALIPSIS?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 29 de julio de 2018 No.1204