Por Mónica Olvera

Es muy humana la resistencia y repulsión a sentirnos “equis”, queremos ser especiales para los demás, lo cual nos lleva consciente o inconscientemente a buscar la manera de atraer la atención y retroalimentación: palabras, gestos de aprobación, likes. El problema es que olvidamos que ya todos sin excepción somos especiales, por el solo hecho de que cada uno es “pieza” única en existencia. No ha habido, no hay y no habrá nadie igual a ti, podrá haber grandes parecidos, pero tú, con tu físico, forma de ser, historia, imposible.

Otra inquietud es el querer dejar huella o mejor aún, “impacto” en los demás. Queremos ser recordados por nuestros compañeros de escuela, trabajo, maestros. Consideramos casi inconcebible que alguien pueda de plano olvidarnos al cien por ciento, y es que normalmente tenemos alguna memoria de las personas con quienes hemos tratado más. Lo cierto es que sin esforzarnos demasiado ni darnos cuenta, todos vamos dejando huella, impresión o impacto por el hecho de que somos únicos y diferentes.

Sin embargo, la verdad es que muchos no nos conformamos con que nos ubiquen por nuestro físico, buenas notas o alta clase en el vestir. Quisiéramos provocar en la gente que evoque nuestro recuerdo, una sonrisa o sentimiento agradable por habernos distinguido en palabras, actitudes u obras por algo realmente bueno y positivo. Deseamos en una palabra, dejar un legado para la humanidad. Y es aquí donde quizá nos desinflemos creyendo que esta aspiración nos queda grande, pero nos equivocamos. Un legado no se mide sólo por si es reconocido mundialmente, hecho por un famoso o vale millones de dólares; hay legados trascendentales que no tienen ninguna de las características anteriores y son aquellos que vas construyendo día a día en la cotidianeidad.

Lo que hace un cristiano en gracia, por amor a Dios y al prójimo cobra un valor inmenso y sobrenatural. Hay tantas situaciones en tus manos, a tu alcance, que si la dedicas a tu Señor, se vuelven un tesoro para la vida eterna: la honestidad en tus estudios escolares, el apoyo sincero a tus amigos, el cuidado y educación a tus hijos, la fidelidad a tu cónyuge, la amabilidad hacia tus clientes, la oración por los enfermos, etc.

Nada de esto es “equis” porque está hecho sobrenaturalmente y con tu sello personal y exclusivo. Como dice la canción: “nadie ocupará tu lugar”. La manera de dejar de sentirte “equis” es tomando tu insustituible lugar en tu familia, grupo social, parroquia y relación con Dios, dejando un legado personalizado de bondad y verdad en todo aquel que tenga la fortuna de cruzarse en tu camino.

Mónica Olvera es licenciada en Educación y Desarrollo con un diplomado de Teología del Amor, especialista en el Creighton Model System, da pláticas prematrimoniales.

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