Por José Francisco González González, obispo de Campeche

El evangelio de Marcos 8,27-35 tiene como actores principales a Jesús y a Pedro. De manera ambiental, en reparto secundario, están los discípulos y la gente que sigue al Maestro.

Jesús se aparta con sus discípulos a Cesarea de Filipo. Cabe mencionar que Filipo fue hermano de Herodes, quien en honor de Tiberio Cesar, emperador de Roma, llamó a ese lugar “Cesarea de Filipo”. Posteriormente a ese poblado se le conoció como Paneas.

Jesús, en el camino, les pregunta: “¿Quién dicen los otros que sea yo?”. La pedagogía de Jesús se proyecta. Primeramente quiere saber qué piensan los hombres de Él, para luego examinar la fe personal de los mismos discípulos. No desea Cristo que los más cercanos a Él sólo se dejen llevar por los comentarios de la gente.

Rápido llovieron múltiples respuestas. Contestar a interrogantes que no comprometen personalmente es fácil. Y exclaman, pues: “Unos dicen que el Bautista, otros que Elías y otros, en fin, que alguno de los antiguos profetas”. No se debe soslayar que muchos pensaban que el Bautista (entre ellos Herodes) después de su muerte, había de resucitar y obrar milagros.

Y ante la pregunta dirigida a los discípulos de manera directa, San Juan Crisóstomo señala que ese interrogante les induce a formar un concepto mejor y más elevado de Jesús, separándolos del modo común de pensar de la gente.

Pedro es el jefe de los apóstoles, y como tal, toma la palabra para responder. El pescador de Galilea afirma con acento enfático: “Tú eres el Cristo”. En la respuesta de Pedro, recogida por el evangelista Mateo añade: “Eres el Hijo de Dios Vivo” (Mt 16,16).

LA FE ES UN ACTO PERSONAL

Jesús manda callar su identidad. La pedagogía de Jesús va en la línea de producir una fe pura en los apóstoles, después del escándalo de la cruz y de la muerte acaecida después de la pasión.

Pero, no obstante la prohibición, Jesús revela a sus discípulos el misterio de la cruz. Hace un anuncio de la profética pasión anunciada por Isaías. Y dice: “Conviene que el Hijo del hombre padezca”. Para Pedro y sus amigos, esa revelación es demasiado condensada y difícil de digerir y entender.

No están en grado de abrir sus mentes y sus corazones para entender la resurrección. Por esa razón, el fogoso Pedro toma a Jesús del brazo y, en un lugar aparte, lo conmina a que ni siquiera se atreva a mencionar eso de padecer, cuánto menos aún que llegue a suceder.

Jesús, mirándolo a los ojos, le responde ásperamente a Pedro: “Quítate de mi vista, Satanás”. Jesús está dispuesto a padecer. Pedro no quiere que su Amigo, el Maestro Jesús, padezca. Pedro se declara, pues, adversario de Jesús. “Adversario” se dice en hebreo “Satanás”.

La respuesta de Pedro no es producto de una maldad o de una abierta oposición del pescador hacia Jesús. La reacción de Pedro refleja un proceder meramente humano, donde los afectos y sentimientos de Pedro, buscaban sólo ‘lo mejor’, lo menos doloroso, para Jesús. Por eso, la inmediata reacción de querer evitar a toda costa la crucifixión.

CRISTO NEGRO SEÑOR DE SAN ROMÁN

Estamos celebrando el 453 Aniversario de la llegada del Cristo Negro Señor de San Román a Campeche. Esa bella, emblemática, histórica y milagrosa imagen nos hace presentes la pasión de Jesús. Él sube a la cruz por amor a nosotros, para resucitar por nosotros. Mejor dicho, para que padeciendo, muriendo y resucitando, nos enseñe que para vivir, como dice el canto, hay que morir. El Cristo Negro es una lección de amor hecha sacrificio.

¡Cristo Negro Señor de San Román, escúchanos!