Por Jaime Septién

El escándalo de los abusos sexuales ha dejado, a muchos, desarmados ante la avalancha de críticas de los que están adentro y los que están afuera de la Iglesia. Francotiradores que, a la menor provocación (y ésta no es menor) disparan a la cabeza; al Papa.

No voy a salir aquí con la novedad de que ni son tantos ni son terribles los abusos en la Iglesia. Lo son y en grado extremo. El dolor –mil veces callado— de las víctimas merece no solo el respeto y la compasión, sino también la exigencia de justicia. Ellos son los abusados.

Pero hay muchos que se han trepado al tren de la venganza y, sin deberla ni temerla, lanzan diatribas contra nuestra santa madre sin que de nuestra boquita salga palabra alguna para defenderla, para defender al Papa, para mostrar (quizá porque no es así) que el celo por la Casa de Dios nos consume.

Yo creo con firmeza que somos (subrayo el somos) una generación de señoritos acomodados. Las redes sociales nos proveen de una falsa identidad de ciudadanos del mundo, sin necesidad de contar con un Dios «exigente»; sin tener que «soportar» una Iglesia que, como diría el poeta T. S. Eliot, es dura cuando nosotros quisiéramos que fuera blanda.

Por lo demás, el tiempo de tomar acciones específicas para mostrar que somos católicos, que aceptamos sin justificar los pecados de los hijos de la Iglesia, que amamos sin regateos al Papa y que en la fe encontramos la alegría de vivir, ese tiempo se nos está agotando miserablemente.

Sí, los abusos son horribles. Los perpetradores deben pagar por su crimen. Igualmente, los encubridores. A nosotros no nos corresponde el juicio de Dios. Nos corresponde, eso sí, esforzarnos por ser santos.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 21 de octubre de 2018 No.1215